lunes, 24 de junio de 2013

100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte10



LAS LEYES DE REFORMA
Tres anos duraría la guerra contra la Constitución, la famosa guerra de Reforma, caracterizada por la existencia de dos gobiernos, uno liberal en Veracruz, bajo el mando de Benito Juárez, y otro reaccionario en la ciudad de México, al mando (como hemos demostrado en otro capítulo de esta edición) de la jerarquía católica, representada por el padre Francisco Javier Miranda, entre otros encumbrados arzobispos. Pero las leyes de Reforma, las de verdadero fondo, aquellas mediante las cuales bien puede decirse que Juárez dio el vuelco decisivo al destino de México, no se promulgaron sino hasta julio de 1859, ya bien entrada la guerra; y de hecho, como una medida orientada a descapitalizar a los ejércitos clericales, pues la jerarquía, ofreciendo sus incontables propiedades como garantía para la obtención de hipotecas, no cesaba de sostener la guerra fratricida contra el gobierno juarista, el legítimo. Por fin, el 12 de julio de 1859, el gobierno liberal, con Juárez y Ocampo a la cabeza, y no sin estar fuertemente presionado por toda clase de intereses, decidió acabar con la fuente de recursos de la reacción clerical, para lo cual expidió la “Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos”, un golpe mortal a las finanzas del clero, con las cuales armaba al brazo asesino para tratar de exterminar a las fuerzas progresistas de México...CONSIDERANDO: Que el motivo principal de la actual guerra promovida y sostenida por el clero, es conseguir el sustraerse de la dependencia a la autoridad civil: Que cuando ésta ha querido, favoreciendo al mismo clero, mejorar sus rentas, el clero, por sólo desconocer la autoridad que en ello tenía el soberano, ha rehusado aun el propio beneficio: Que cuando quiso el soberano, poniendo en vigor los mandatos mismos del clero sobre obvenciones parroquiales [...] el clero prefirió argumentar que se dejaría perecer antes que sujetarse a ninguna ley: Que dilapidando el clero los caudales que los fieles le habían confiado para objetos piadosos, los invierte en la destrucción general, sosteniendo y ensangrentando cada día más la lucha fratricida que promovió en desconocimiento de la autoridad legítima, y negando que la República pueda constituirse como mejor crea que a ella convenga: Que habiendo sido inútiles hasta ahora los esfuerzos de toda especie por terminar una guerra que va arruinando a la República el dejar por más tiempo en manos de sus jurados enemigos los recursos de que tan gravemente abusan, sería volverse su cómplice, y Que es un imprescindible deber poner en ejecución todas las medidas que salven la situación y la sociedad [...]Artículo Io. Entran al dominio de la nación todos los bienes que el clero secular y regular ha estado administrando con diversos títulos [...] 3o. Habrá perfecta independencia entre los negocios del Estado y los negocios puramente eclesiásticos. El Gobierno se limitará a proteger con su autoridad el culto público de la religión católica, así como el de cualquiera otra [...] 5o. Se suprimen en toda la república las órdenes religiosas regulares que existen [...] 6o. Queda prohibida la fundación o erección de nuevos conventos [...] Igualmente queda prohibido el uso de los hábitos o trajes de las órdenes suprimidas 12. Los libros, impresos, manuscritos, pinturas, antigüedades y demás objetos pertenecientes a las comunidades religiosas suprimidas se aplicarán a los museos, bibliotecas y otros establecimientos públicos [...] 22. Es nula y de ningún valor toda enajenación que se haga de los bienes que se mencionan en esta ley [...] 23. Todos los que directa o indirectamente se opongan o de cualquier manera enerven el cumplimiento de lo mandado en esta ley, serán, según que el Gobierno califique la gravedad de su culpa, expulsados fuera de la República y consignados a la autoridad judicial. En estos casos serán juzgados y castigados como conspiradores. De la sentencia que contra estos reos pronuncien los tribunales competentes no habrá lugar al recurso de indulto [...] Por tanto, mando se imprima, publique y circule a quienes corresponda. Dado en el Palacio del Gobierno General en Veracruz, a 12 de julio de 1859. Benito Juárez. Melchor Ocampo, presidente del Gabinete, Ministro de Gobernación, Encargado del Despacho de Relaciones Exteriores y del de Guerra y Marina. Lic. Manuel Ruiz, ministro de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública. Miguel Lerdo de Tejada, Ministro de Hacienda y Encargado del Ramo de Fomento. Esta fue la primera de las llamadas leyes de Reforma; así pues, ¿por qué se ha llegado a decir que dichas leyes fueron la causa de la guerra? El 23 de julio de 1859 se dicta la Ley del matrimonio civil El 28 de julio de 1859 [...] la Ley orgánica del Registro Civil que determina la forma y términos en que debe llevarse el registro y constancia del nacimiento, matrimonio y defunción de las personas [...] El 31 de julio de 1859 se dicta el Decreto por el que cesa toda intervención del clero en los cementerios y camposantos [...] En otro Decreto, fechado en 11 de agosto de 1859, se establece el calendario oficial en que se determinan los días festivos y se elimina la asistencia oficial a los actos eclesiásticos [...] Finalmente, el 4 de diciembre de 1860 [se dicta] la Ley sobre libertad de cultos, conocida como Ley Fuente en honor de su autor Juan Antonio de la Fuente, piedra angular en este enjundioso movimiento emancipador [...] Restaurada la legalidad, despachando, ya, el presidente Juárez en Palacio Nacional, dicta [...] los decretos del 2 y del 26 de febrero, por los que se secularizan los hospitales y establecimientos de beneficencia y se extinguieron, en toda la República, las comunidades religiosas.101 No será sino hasta 1873 cuando, ya muerto Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada logre elevar a rango constitucional las leyes de Reforma, que a la larga pagaría con su derrocamiento en 1876. ¿Puede acaso ocultarse la mano siniestra del clero en este nuevo y alevoso golpe de Estado propiciado por Porfirio Díaz en contra de las instituciones de la República? ¿Por qué se dirá igualmente que Díaz fue el gran enterrador del liberalismo mexicano del siglo XIX?
LA DICTADURA DE JUÁREZ
Benito Juárez, el líder de los gladiadores de la Reforma, el vencedor del imperio y de los conservadores, fue el más reconocido enemigo de la iglesia católica la cual le ha declarado varias veces la guerra al Estado mexicano al rechazar la validez de las constituciones de 1824, 1857 y 1917—. Por su parte, la jerarquía eclesiástica no tuvo el menor empacho en financiar, con las limosnas entregadas por el pueblo de México, un nuevo movimiento armado para no ver afectados sus intereses económicos ni sus privilegios políticos. De esta suerte, provocó el estallido de la guerra de Reforma en 1858, una sangrienta lucha entre mexicanos que enlutó al país, y que posteriormente propició la intervención militar francesa, durante la cual el ejército clerical luchó al lado de las fuerzas invasoras hasta lograr imponer a un príncipe extranjero, Maximiliano de Habsburgo, en el Castillo de Chapultepec...Juárez, a casi 140 años de su fallecimiento, sigue siendo el gran libertador de México, uno de los indiscutibles padres de la patria. Al nacionalizar y socializar los cuantiosos bienes del clero inició el desarrollo del país. Los interminables ataques del clero en contra de este ilustrísimo liberal mexicano son legión y, para muestra, bien vale la pena recordar que el obispo millonario de León, Diez de Sollano, juró haber tenido la visión, el mismo 18 de julio de 1872 en que Juárez fallecía, del alma del prócer descendiendo a los infiernos. Durante el porfiriato la figura de Juárez fue a la vez protegida y vilipendiada. Protegida en las palabras —sin encomiarla demasiado pero violentando su obra a cada paso, tal como hizo el porfiriato con la Constitución del 57: en el discurso, todo el respeto que fuera posible simular, pero en los hechos, indiferencia plena, olvido, ingratitud, hipocresía. En enero de 1914, en plena dictadura huertista y con motivo de la “consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús” según asienta Moisés González Navarro, el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, uno de los peores enemigos de la República Mexicana, encabezó una procesión en Guadalajara: “Cuando en el centro de la ciudad alguien vitoreó a Juárez, un manifestante lo derribó de un golpe. Según el padre Ramiro Ca macho, este incidente fue la primera página de la insurrección cristera’. Meses más tarde Obregón tomó Guadalajara, y como una de sus primeras medidas, dispuso que sobre la puerta de cada escuela quedase inscrita la frase de Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Años después, en 1929, el candidato presidencial José Vasconcelos, quizá el educador más influyente del siglo XX mexicano, exigía que se tuviera el valor necesario para denunciar “ese disparate magno” de las leyes de Reforma.102 Luego, a principios de los años cuarenta, ya convertido en un nazi consumado, afirmó: “a nosotros nos impuso el laicismo el grupo proselitista encabezado por Gómez Farías, el mismo que después, con Benito Juárez, entregó el territorio de México a la economía yankee y el alma nacional a los protestantes”. ¿Ya se va comprendiendo el porqué del desprestigio y de la incomprensión a que se ha visto relegada la figura de Juárez en nuestros tiempos? Más allá de los ataques ingrávidos, el clero católico ha promovido y fortalecido dos grandes mitos sobre Benito Juárez, los cuales —a fuerza de embustes o de verdades a medias— se han convertido popularmente en “hechos” aceptados por muchos mexicanos. Según la jerarquía eclesiástica y sus historiadores mercenarios, Juárez traicionó a nuestra patria al suscribir el Tratado McLaneOcampo y al eternizarse en el poder como dictador, a semejanza de Porfirio Díaz. Ambas imputaciones son absolutamente falsas y tendenciosas: el Tratado McLaneOcampo como ya lo demostré en otro capítulo de esta edición— nunca puso en riesgo la independencia de México y su clausulado no contenía regla alguna para enajenar territorio nacional en favor de los Estados Unidos, y en cuanto a su permanencia al frente del poder ejecutivo... más bien habría que desenmascarar el explicable resentimiento del clero católico en contra del máximo líder mexicano de todos los tiempos.
JUÁREZ: LA PERMANENCIA EN EL PODER
Con gran desparpajo, los historiadores eclesiásticos afirman que Benito Juárez se mantuvo al frente de la nación desde 1858 hasta que la muerte lo separó de la presidencia en 1872. Aunque es cierto que el Benemérito se hizo cargo del poder ejecutivo durante catorce años casi dos décadas menos que Porfirio Díaz, las condiciones que explican su continuidad en la presidencia deben conocerse en detalle para develar el origen de los acontecimientos, de modo que el lector pueda juzgarlos con la debida objetividad. En diciembre de 1857, Ignacio Comonfort, el entonces presidente de la República, tomó una decisión que, a primera vista, podría parecer extraña: auto infligirse un golpe de Estado. Tal acción no era resultado de una locura repentina: la alta jerarquía católica y los conservadores no estaban dispuestos a aceptar la validez de la Constitución que Comonfort había jurado respetar y hacer respetar el primero de diciembre de ese año. Dos semanas después, alegando que con la Constitución no podría gobernar, pero sin ella tampoco, decidió recurrir al cuartelazo, a través del cual invitaría a la redacción de otra Carta Magna, ésta más moderada, que negociaría con los conservadores y con los liberales para ponerla en vigor a la brevedad. Los primeros se opusieron a que se incluyera cualquier disposición que atentara en contra de los intereses del clero. El rechazo fue fulminante. Los segundos negaron la menor posibilidad de conversar con un hombre tan frágil y torpe como Comonfort, quien por la vía de los hechos se había convertido en un vulgar dictador que había cambiado su papel de presidente de la República por el de tirano. Comonfort se entrevistó con Juárez, en aquel entonces presidente de la Corte con licencia para fungir como secretario de Gobernación, y le propuso participar en la acción que favorecía al clero y a los conservadores. La plática concluyó con una respuesta tonante del Benemérito: “toma el partido que te parezca, porque yo ya he tomado el mío”. Así, los conservadores y el clero se sumaron a Comonfort y publicaron el Plan de Tacubaya, que desconocía a la Constitución y ordenaba al Congreso la redacción de una nueva carta magna acorde a los intereses eclesiásticos. Ante estos hechos, Juárez fue privado de la libertad para que, en su carácter de sucesor de Comonfort, no pudiera promover una revuelta, la cual estalló irremediablemente cuando el propio Comonfort, arrepentido, liberó a Juárez. El daño ya estaba hecho. El recio indígena oaxaqueño, con la personalidad acreditada como presidente sucesor, organizó el movimiento armado destinado a imponer la Constitución abortada por la influencia de la alta jerarquía católica, la cual contaba con recursos económicos y militares inaccesibles para los liberales, además de poseer otra arma siniestra, como sin duda lo fue la excomunión —autorizada por el papa Pío IX, de quien aceptara someterse a la Carta Magna de 1857 La guerra de Reforma financiada por el clero católico concluyó con la dolorosa derrota de los reaccionarios, de la alta jerarquía y de los conservadores. Juárez, contra lo comúnmente aceptado, expidió las leyes de Reforma a mediados de julio de 1859, es decir, un año y medio después de estallado el conflicto que terminaría a finales de 1860 gracias al apoyo de los liberales católicos en contra de los conservadores, también católicos, que finalmente perdieron sus injustas canonjías y escandalosos privilegios.
Quedó demostrado, así, que los mexicanos no estaban —ni están— dispuestos a aceptar un clero dedicado a su enriquecimiento material y decidido a defenderlo por medio de la violencia. Los sacerdotes deberían volver a las sacristías, desde donde velarían por la paz espiritual de sus feligreses...Al concluir la guerra de Reforma, Juárez cumplió a cabalidad con las leyes. Puesto que era presidente interino, tenía la obligación de convocar a elecciones, lo que cumplió de inmediato. Así según lo narra José Manuel Villalpando: en cuanto el presidente Juárez entró triunfante a la Ciudad de México, convocó de inmediato a elecciones presidenciales, en las que se postuló como candidato. Dada su gran popularidad, ganó por amplia mayoría, derrotando a su único contendiente, el general Jesús González Ortega, quien a su vez fue electo presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El segundo mandato de Juárez tampoco estuvo exento de problemas: la invasión de los franceses y la llegada de Maximiliano quien fue impuesto por el alto clero y por los conservadores gracias a una nueva intervención extranjera provocó una nueva guerra. Juárez y su gobierno se vieron obligados a recorrer el país para mantener la Constitución. La República viajaba en carruaje, se decía en aquellos años patéticos. Debido a la invasión francesa, Juárez no pudo convocar a elecciones y extendió su mandato mediante el decreto del 8 de noviembre de 1865: él por obvias razones— permanecería al frente del ejecutivo hasta que se restaurara la República. A la caída del imperio, Juárez, de nueva cuenta, convocó a un nuevo proceso electoral y se postuló como candidato. Su prestigio republicano como vencedor de los franceses y de los conservadores le bastaron y sobraron para triunfar en las urnas en 1867. Cuatro años después, en los comicios federales de 1871, Juárez volvió a presentarse como candidato. El Benemérito se enfrentó en esa ocasión a Sebastián Lerdo de Tejada y a Porfirio Díaz. El clero, los conservadores y los militares seguían resintiendo la presencia de Juárez: el hombre que publicó las leyes de Reforma y defendió la Constitución del 57 no debía permanecer en el poder. Así, ellos, las fuerzas más oscuras de nuestro país apoyaron la intentona de golpe de Estado de Porfirio Díaz, quien se levantó infructuosamente, y por primera vez en armas, con el Plan de la Noria, en noviembre de 1871, si bien los cuartelazos al grito de ¡Viva Porfirio Díaz! comenzaron desde septiembre y se recrudecieron en octubre: ¡antes de que se conociera el resultado de las elecciones! El futuro tirano fracasó esa vez en sus intenciones golpistas, pero salvó la vida porque en julio de 1872 la muerte sorprendió al Benemérito de las Américas. Lerdo de Tejada, presidente de la Suprema Corte, ocupó entonces la titularidad del poder ejecutivo. Es cierto, Juárez se mantuvo durante catorce años al frente de la máxima representación nacional. En el contexto de diversos conflictos armados, gobernó por excepción como consecuencia de un golpe de Estado y de las guerras domésticas, además de la guerra intervencionista francesa. Hay momentos, incluso, en los que su presidencia es una exigencia legal, como cuando asume por primera vez el mando, o cuando el país se encuentra ocupado por las fuerzas extranjeras. Juárez jamás podrá ser tachado de dictador al estilo de Porfirio Díaz, aunque el clero resentido se empeñe en manchar su memoria.
LA MUERTE DE MOCTEZUMA: UN CASO RESUELTO
Hace unos días, al revisar el viejo libro de historia que me acompañó en la primaria, me encontré con la narración de la muerte de Moctezuma, Según el autor anónimo de aquellas páginas, el tlatoani de Tenochtitlán murió apedreado por sus súbditos luego de que Cortés lo enviara para que les exigiera que dejaran las armas y se rindieran. Esta imagen ha pervivido a lo largo del tiempo. Aunque no hay ninguna duda del desprestigio de Moctezuma entre los aztecas por su claudicación ante los españoles, su muerte a pedradas es un acontecimiento más que dudoso. En el siglo XVIII, Francisco Javier Clavijero, en su Historia antigua de México, ya había notado las inconsistencias de los distintos historiadores sobre la muerte del tlatoani, y por ello escribió lo siguiente en el libro IX de su obra: “sobre la causa y circunstancia de su muerte hay tanta variedad y contradicción entre los historiadores, que es imposible acercarse a la verdad. Los historiadores mexicanos culpan a los españoles y los españoles a los mexicanos”. Estas palabras de Clavijero nos colocan frente a dos cuestiones importantes: ¿cómo murió Moctezuma? y ¿en verdad lo asesinaron los españoles?
LAS VARIAS MUERTES DE MOCTEZUMA
Para resolver tales cuestionamientos sólo tenemos una ruta: revisar los antiguos libros de historia donde los protagonistas o los hombres cercanos al acontecimiento dieron cuenta de la muerte del soberano azteca. Los partidarios de la lapidación son varios y sus plumas tienen un valor casi indiscutible: en las Cartas de relación, Hernán Cortés sostiene que el tlatoani falleció a causa de una pedrada que recibió en la cabeza, afirmación que respalda Antonio López de Gómara en su Crónica de la Nueva España. Por su parte, Antonio de Solís, en su Historia de la conquista de México (publicada por vez primera en 1684), se suma a esta explicación y sólo añade que Moctezuma no murió inmediatamente, sino poco tiempo después a causa de las heridas que le provocaron las pedradas. Así pues, hay cuando menos tres historiadores que respaldan la idea de la lapidación y que dan la razón al anónimo autor de mi libro de texto. Sin embargo, todas estas opiniones que tienen su origen en ,las Cartas de relación se enfrentan a dos objeciones dignas de consideración: las palabras de Cortés tenían como destinatario a Carlos V, y por ello el conquistador estaba obligado a ocultar o a minimizar aquellos acontecimientos que pudieran poner en entredicho sus méritos, razón por la cual si es verdad que, como sostienen algunos historiadores, él estuvo vinculado con el asesinato de Moctezuma— era muy importante silenciar ese asunto; de igual forma, es necesario aceptar que otros cronistas tienen versiones diferentes de la que él narra. Quienes objetan la lapidación no pueden ser refutados con facilidad: según fray Bernardino de Sahagún en la Historia natural de la Nueva España, el tlatoani fue asesinado a puñaladas por los españoles; y una versión muy similar de los hechos se encuentra en las Relaciones originales de Chuleo Amaquemecan, de Francisco de San Antón Muñoz Chimalpahin, donde se lee que “en el mes de tecuilhuitontli, los españoles dieron muerte al
Moteuhczomatzin, haciéndolo estrangular, y después de eso huyeron aprovechando las sombras de la noche”. Sin embargo, y al igual que en el caso de los partidarios de la lapidación, en estas narraciones también se encuentra una objeción digna de ser tomada en cuenta: ¿por qué los españoles asesinaron a uno de sus aliados más valiosos?, ya que como bien lo señala Clavijero en su obra ya citada—: “Yo no puedo creer que los españoles quisiesen deshacerse de un rey de cuya benignidad y protección habían recibido mucho bien y de cuya muerte debían temer muchos males”. Aunque también existe otra posibilidad: el asesinato se cometió luego de que los conquistadores cayeron en la cuenta de que los aztecas ya habían despreciado a Moctezuma, por lo que la vida del tlatoani ya no les reportaba ningún beneficio, y en cambio constituía una amenaza permanente. Además de estas dos grandes versiones del acontecimiento, hay una tercera que si bien acepta el repudio de Moctezuma por parte de sus súbditos y el intento de lapidación niega que el tlatoani haya muerto a manos de los aztecas o de los españoles. En la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar Océano que llaman Indias Occidentales, de Antonio de Herrera y Tordesillas (publicada en Madrid entre 1601 y 1615 en las imprentas de Juan Flamenco y Juan de la Cuesta en cuatro volúmenes), se sostiene que aunque Moctezuma recibió algunas pedradas, ninguna de ellas fue mortal, y que el soberano murió de tristeza al reconocer sus fallas. Las distintas muertes de Moctezuma son un misterio sin revolver y, por ello, desde el siglo XVI, algunos historiadores como Acosta, Torquemada y Betancourt operaron por mostrar su indecisión, y en el caso de los sacerdotes, confiaron en que dios juzgaría ese asunto. En última instancia, hay quien sostiene que Moctezuma fue “empalado”, es decir, que los españoles lo sentaron sobre un palo al que le habían sacado punta y que al entrar por el ano le rompió los intestinos. Moctezuma moriría desangrado a las pocas horas, en público. Se trataba de escarmentar a los aztecas, lo que se convirtió en una complicada provocación.
LAS CONSECUENCIAS DEL MISTERIO
No existe por lo menos con las fuentes hasta ahora descubiertas y analizadas la posibilidad de determinar la manera como falleció Moctezuma, y lo mismo ocurre con la identificación del autor material de su muerte. Sin embargo, en la historia como en la política el vacío es imposible, y cuando la verdad se oculta, el mito llena el espacio; así, las distintas muertes del tlatoani han sido utilizadas para defender diferentes posiciones: los críticos de la conquista se apresuraron a culpar a los españoles, los defensores de Cortés a exculparlo, y los creyentes en un pueblo que es capa% de repudiar a sus gobernantes se aprestaron a sostener la lapidación que supuestamente realizaron los aztecas.
La verdad de mi viejo libro de historia es cuestionable, pero la realidad por lo menos en este caso aún está fuera de nuestro alcance.

1 comentario:

  1. Muy acertada la opinión del escritor de este artículo. Es muy difícil asegurar que los Españoles mataron al Tlatoani, a pesar de tener como antecedente lo inhumanos y crueles que estos fueron durante y después de la conquista. Personalmente creo que en efecto los Españoles mataron a Moctezuma porque ya no les servía y era una carga innecesaria para su huida en la noche triste. Ojalá se encontrara algún escrito antiguo que nos aclare la duda.

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