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martes, 10 de diciembre de 2013

Guillermo Samperio, Emiliano Zapata, un soñador con bigotes. México, SEP-Santillana, 2005.



14.          Emiliano Zapata, un soñador con bigotes

Cuando Emiliano Zapata tenía 11 años y era nada más un niño, no un héroe que sale en los libros, tampoco tenía respiro.
Desde antes de que empezara la Revolución no paraba. Se me hace que ni siquiera dormía. Entre levantar en armas a la gente, fusilar federales, pelearse con los presidentes de la república, recortarse el bigote, consolar a los pobres y, finalmente, caer en emboscadas, no creo que le haya dado tiempo de tomar ni una siesta.
Ser héroe de tiempo completo debe de ser muy complicado. A lo mejor por eso mueren tan jóvenes. A don Emiliano no le dio tiempo de celebrar su cumpleaños cuarenta cuando ya había fallecido, pero le habían sucedido muchas más cosas que a mi abuelo, quien tiene 72 y ya se le acabaron las historias que contar.
Pero vayamos entrando en materia:
Lo que quería platicarles es medio complicado, porque los tiempos cambian y en eso hay que darle la razón a los grandes. Los niños de hoy no tenemos tantas responsabilidades como las que tuvieron nuestros padres y abuelos. Nos da tiempo de platicar, pensar en cómo hacer para que el niño más guapo del salón nos saque a bailar en la fiesta, hablar por teléfono, hacer la tarea cuando no hay nada mejor en que ocuparnos y tantísimas cosas.
Pero cuando Emiliano era niño la vida era diferente. Todo se hacía a mano: nada de abrir la llave y que salga un chorro de agua; había que traerla del río o del pozo. Ni imaginarse siquiera oprimir un botoncito y que se prendiera la lámpara; había que conseguir petróleo para el quinqué o cerillos para las velas. ¿Gas? No había: fogón para la comida y encomendarse al dios anticatarro al bañarse. Había tanto por hacer que los adultos no se daban abasto. Así que los niños tenían muchas obligaciones, empezando por la de mantenerse vivos, lo que, entre la mala alimentación y la falta de medicinas y médicos, no era cosa sencilla.
El padre de Emiliano se llamó Gabriel; la madre Cleofás, y también tuvieron su historia, pero ésa no se las cuento; sólo les digo que se conocieron, se enamoraron, se
casaron, tuvieron hijos y una mañana de agosto, allá en 1879, abrió los ojos por primera vez el pequeño Emiliano.
-¿Ya viste el lunar que tiene encimita del párpado?- preguntó la amorosa y todavía adolorida doña Cleofás.
-¡Cómo no voy a verlo, mujer! Si se le mira casi tan bonito como a ti -contestó el orgullosísimo Gabriel Zapata, quien se sentía como pavorreal porque su hijo le hubiera salido tan guapo.
Y             no es que fuera tan agraciado, sino que ya se sabe que los padres en cuanto ven a sus retoños se llenan de orgullo.
Guillermo Samperio, Emiliano Zapata, un soñador con bigotes. México, SEP-Santillana, 2005.

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