martes, 10 de diciembre de 2013

Carla Baredes et al., “¡No hay un alma, mi general!” en ¿Por qué se rayó la cebra? México, SEP-Cordillera, 2005.



2.            ¡No hay un alma, mi general!

Hoy vamos a leer la historia de los uniformes que llevan los soldados. La palabra puntillas significa aquí encajes. Fíjense bien, porque esa palabra va a aparecer en seguida.
Hace mucho tiempo, los únicos soldados que tenían uniforme eran los guardias de los palacios y los que escoltaban a personas importantes. Tal vez viste en alguna película cómo eran: de colores brillantes, con adornos dorados o plateados, con puntillas. El resto de los soldados, que eran muchos más, se ponían cualquier cosa.
A medida que los ejércitos se fueron formando, los países comenzaron a fabricar la ropa para sus soldados. La idea de vestir a todos igual fue solo para simplificar las cosas: se compraban las telas, se las mandaban a cortar, coser y adornar y ¡listo el uniforme!
Aunque estaban todos iguales, los trajes que usaban los soldados no tenían nada que permitiera reconocer de qué país eran. Por eso, a medida que pasó el tiempo, cada país les agregó a sus uniformes adornos y detalles especiales: los italianos se ponían unos cascos con plumas, los polacos usaban zapatos muy puntiagudos, y los escoceses vestían faldas (¡sí faldas!). 
Obviamente, este decorado era carísimo y, por supuesto, tremendamente incómodo. ¿Te imaginas a un soldado huyendo del enemigo tratando de que no se le caiga el casco con plumas? ¿Te das una idea de lo que debe ser trepar una montaña con botitas con punta? ¿Y andar con faldita por la nieve?
Hace unos cien años, los modistos militares empezaron a diseñar uniformes con una idea distinta: que fueran cómodos, prácticos, baratos y duraderos.
Un tiempo después, cuando se desató una guerra terrible en la que pelearon un montón de países, a los franceses se les ocurrió algo más: vestirse con los colores de la tierra y de las plantas, para que sus enemigos no pudieran descubrirlos fácilmente. Y ocultaron sus armas y sus campamentos con plantas y telas de los mismos colores, para que no los vieran desde el aire.
En poco tiempo, todos los países copiaron el camuflaje de los franceses, y abandonaron definitivamente los uniformes vistosos y decorados.
A propósito, ¿sabes por qué se llama camuflaje? Porque, en francés, camoufler significa disfrazar.
¿Qué les parece? ¿Han visto cómo son ahora los uniformes que llevan los soldados? ¿Y los policías? ¿Quién se ha fijado? ¿Qué llevan? Las armas han cambiado mucho, y los uniformes también.
Carla Baredes et al., “¡No hay un alma, mi general!” en ¿Por qué se rayó la cebra? México, SEP-Cordillera, 2005.

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