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miércoles, 28 de marzo de 2018

La clasificación de las lenguas indígenas Ernesto Díaz Couder Cabral


La clasificación de las lenguas indígenas

Ernesto Díaz Couder Cabral

Todos sabemos que en nuestro país todavía se hablan algunas lenguas precolombinas; menos conocida es su gran diversidad y, menos aún, las relaciones entre ellas, es decir, su clasificación. El conteo de población de 1995 suma cinco millones cuatrocientos ochenta y tres mil quinientos cincuenta y cinco individuos mayores de cinco años hablantes de alguna de las ochenta y un lenguas indígenas registradas (6.8% de la población nacional mayor de cinco años), aunque también reporta ciento setenta y cinco hablantes que dijeron hablar una lengua indígena que no forma parte de esa lista de ochenta y un idiomas, además de otras treinta y cinco mil cuatrocientas cuatro personas que declararon hablar algún idioma indígena pero no se sabe cuál. Por otra parte, en 1999 la Dirección General de Culturas Populares publicó masivamente un mapa de difusión sobre la diversidad de los pueblos indígenas de México en el que se registran sesenta y dos lenguas indígenas. Por su parte, los expertos reconocen entre unas cien y unas doscientas nueve lenguas nativas. Semejante diferencia puede sugerir una enorme ignorancia al respecto o la falta total de acuerdo en los métodos de clasificación. No es así, se trata de una discrepancia más aparente que real, que puede resultar algo confusa para quienes no están familiarizados con el tema, pero en realidad actualmente hay bastante acuerdo acerca de las lenguas indígenas que se hablan en el país, de sus variedades y sus relaciones genealógicas.

Todas las lenguas que se hablan actualmente en el mundo descienden de idiomas o hablas más antiguas, las cuales, a su vez, son descendientes de otras lenguas aún más antiguas y así sucesivamente hasta llegar, y no es broma, a la madre de todas las lenguas. El español, junto con el resto de las lenguas romances (francés, italiano, catalán, portugués, rumano, provenzal, gallego, sardo, etcétera), son descendientes del latín, la lengua de Roma que desplazó a las hablas prerromanas en lo que ahora son Francia, España, Italia, parte de Bélgica y Suiza (con algunas excepciones como el vasco en España o el bretón en Francia). En el curso de los siglos el habla latina fue cambiando, tomando matices particulares en las diversas provincias, de suerte que al tiempo de la caída de Roma ante los godos (410 d. C.) esas hablas regionales, el latín vulgar, eran ya muy distintas del latín clásico, el cual no se hablaba ya ni siquiera en Roma. Fue ese latín vulgar, esa habla románica, la que dio origen a las actuales lenguas romances, y es lo que los especialistas conocen hoy como protorromance. Del mismo modo, las actuales lenguas indígenas descienden de hablas o lenguas ya extintas, que se fueron diferenciando y cambiando a lo largo del tiempo para dar paso a las lenguas que conocemos actualmente. De manera paralela al protorromance, esas lenguas madres se llaman protolenguas.

Así como hay lenguas con un origen común, es decir, que descienden de la misma lengua madre, o protolengua, y que, por tanto, son todas lenguas ‘hermanas’, podríamos hablar de lenguas ‘primas’ o ‘tías’, es decir, agrupar las diversas hablas actuales en grupos de parentesco, en familias. De hecho, las clasificaciones lingüísticas son básicamente árboles genealógicos, por lo que la clasificación de las lenguas indígenas refiere generalmente a la dilucidación de las relaciones genealógicas entre ellas. Y digo generalmente porque existen otros criterios de clasificación lingüística que no son genealógicos, a saber: la clasificación tipológica y la clasificación léxico-estadística. La primera se basa en la comparación de las similitudes estructurales entre distintas lenguas independientemente de que exista o no alguna relación histórica o genealógica entre ellas. Un ejemplo clásico es la clasificación de las lenguas según el tipo formal de composición de palabras: aislante, aglutinante o flexivo. Existen ejemplos de estos tres tipos en las lenguas mexicanas. El chinanteco se acerca al tipo aislante, el náhuatl al aglutinante y el tarasco al flexivo. El chino, el turco y el alemán, respectivamente, son otros tantos casos de esos mismos tipos, pero obviamente no existe relación histórica con las tres anteriores.

La clasificación léxico-estadística es un método para establecer fechas absolutas (medidos en siglos mínimos de divergencia) a la separación histórica de un par de lenguas calculando el porcentaje de vocabulario no cultural compartido. Este método supone un promedio de reemplazo léxico más o menos constante a lo largo del tiempo (dos lenguas comparten aproximadamente 86% de su léxico básico luego de mil años), en base a lo cual se puede estimar el tiempo de separación. De esta manera, estableciendo el tiempo de separación entre grupos de lenguas se pueden establecer agrupamientos clasificatorios. En sentido estricto, la léxico-estadística no es un método para demostrar relaciones históricas entre lenguas, más bien se parte del supuesto que esa relación existe y se procede a calcular el porcentaje de divergencia léxica y con ello los siglos de separación histórica. Aunque nunca estuvo libre de críticas, este método tuvo su mayor popularidad en los cincuentas y sesentas. Actualmente sus fundamentos teóricos no se consideran del todo aceptables.

Estableciendo relaciones genealógicas

El principal procedimiento para establecer la relación genealógica entre dos o más lenguas es mediante la comparación de la forma y la composición de las palabras (comparación léxica y morfológica), así como la correspondencia sistemática de sonidos, además de patrones sintácticos y semánticos. Entre más semejantes sean en forma y pronunciación las palabras de dos lenguas, más cercano es el parentesco entre ellas, siempre y cuando esas similitudes no se deban a préstamos de otros idiomas o al simple azar. El azar se elimina cuando las similitudes son numerosas y sistemáticas. El préstamo es más difícil de eliminar, sobre todo cuando se trata de lenguas geográficamente cercanas. De hecho, ésta es una de las fuentes principales de desacuerdos entre los distintos estudios de afinidad lingüística, ya que cuando se aceptan como evidencia de relación entre dos lenguas formas similares que no son realmente nativas de las lenguas en consideración sino préstamos de otra, las relaciones genealógicas postuladas resultan falsas. Por ejemplo, la presunta relación del tarasco con el maya en base a formas como las del cuadro siguiente es errónea porque tuch es un préstamo del náhuatl *tosh, y las dos formas para ‘adobe’ vienen del náhuatl-shan, es decir, maya y tarasco no tienen palabras propias en común ni, en consecuencia, relación genealógica.

tarasco           maya   glosa
tu-pu   tuch    ‘ombligo’
shan-tu           shan    ‘adobe’

Veamos ahora, en el siguiente cuadro, un caso donde las palabras son cognadas verdaderas, es decir, son palabras con forma y significado similares que no son préstamos o coincidencias fortuitas.

Con una rápida inspección podemos ver que las palabras de las columnas h-g, e-f y b-d se parecen mucho entre sí, quedando un tanto aislada la columna a. De manera que, a primera vista, nos quedarían cuatro grupos: (1) g-h, que como el lector habrá reconocido son italiano y francés, dos lenguas romances; (2) e-f, ruso y polaco, respectivamente, lenguas eslavas; (3) b-c tres lenguas zapotecas, Valle, Ixtlán y Zoogocho; y (4) (a) chatino, lengua hablada en Oaxaca, vecina de los zapotecos. Si miramos con mayor atención veremos que las lenguas romances (g-h) tienen una cierta similitud —un cierto aire de familia por así decir— con las lenguas eslavas (e-f) a pesar de sus evidentes diferencias, sobre todo en comparación con el chatino y las lenguas zapotecas en conjunto. Las similitudes son lo suficientemente numerosas y consistentes como para descartar que se deban al azar, por lo que podemos suponer una relación más bien lejana entre esos dos grupos (recordemos que a mayor similitud más cercano el parentesco y a menor semejanza más distante la relación). Como sabemos, las lenguas eslavas y las romances en efecto están lejanamente emparentadas, ambas pertenecen al gran tronco lingüístico indoeuropeo. Por otra parte, si miramos con cuidado las columnas a-d veremos que en realidad las palabras de la columna a no son tan distintas de las b-d, particularmente si comparamos a con c. Sin demasiado esfuerzo (sobre todo si se está familiarizado con la composición fonética de los sonidos representados por las letras) podemos ver que, a juzgar por estas palabras, el chatino parece tener una relación más cercana con las lenguas zapotecas que las romances con las eslavas, ya que sus semejanzas y correspondencias sistemáticas son mayores. En efecto, así es. El chatino es una lengua bastante cercana al conjunto de las lenguas zapotecas dentro de la rama oriental del gran tronco otomangue, como se ve en la clasificación de arriba. En otras palabras, tanto las lenguas eslavas como las romances pertenecen a la misma familia, pero su relación es más bien lejana, son como primas distantes. En cambio el chatino y las lenguas zapotecas tienen una relación más cercana, son lenguas hermanas.

Por obvias razones, este procedimiento se conoce como inspección léxica multilateral. Sin embargo, no es suficiente para demostrar la relación genética entre las lenguas. Para ello es necesario reconstruir las formas antiguas de las palabras en la lengua madre, las protoformas, explicando los procesos fonológicos por los cuales las formas actuales derivaron de aquéllas. Cuando se puede demostrar que entre un par de lenguas existen correspondencias de sonido sistemáticas y se explican los cambios fonéticos que resultaron en la pronunciación de las lenguas actuales, entonces su relación genealógica se considera demostrada.

Las protoformas de las lenguas romances —y de otras lenguas indoeuropeas— son bien conocidas gracias al extenso trabajo de comparación y reconstrucción al que han sido sometidas y a que existen documentos escritos en latín y otras lenguas antiguas que así lo atestiguan. El método comparativo y la reconstrucción lingüística han sido aplicados a las lenguas indígenas de México; de hecho, actualmente existen reconstrucciones fonológicas y léxicas de la mayor parte de las lenguas indígenas de México, por lo que podemos estar bastante seguros de los rasgos generales de las relaciones genealógicas entre ellas. Por supuesto, al no haber evidencia directa de la pronunciación de las protolenguas las reconstrucciones pueden tener más de una posible solución y puede haber controversias sobre ellas; en la medida que se profundice el trabajo de reconstrucción se irán afinando las cuestiones ahora en duda, pero difícilmente conducirá a cambios radicales en nuestro conocimiento de las relaciones genealógicas entre las lenguas amerindias del país. Para continuar con el ejemplo anterior, en el cuadro siguiente (tomado de la obra de Ma. Teresa Fernández) se muestran los numerales reconstruidos para el protozapoteco del 1 al 10. Estudios más detallados podrán dilucidar cuál es la protoforma más probable, o si todas las protoformas existían como variantes dialectales del protozapoteco.

Numerales del protozapoteco
1          * tibi    * tu      * tubi
2          * chopa          * cho’pa
3          * tsonha
4          * tapa
5          * ga’ayu’
6          * so’opa         * shopa
7          * gati   * gazhi
8          * shona’
9          * ge’    * ga     * ga’
10       * tsi     * tsi’i   * chi’i

Quedan también por dilucidar algunas otras cuestiones en lo referente a las relaciones distantes entre los grandes agrupamientos o familias, lo que tampoco altera significativamente la clasificación de las lenguas mexicanas que conocemos actualmente. Por ejemplo, es posible que el mixe-zoque esté relacionado con el grupo maya y el totonaca, en lo que se ha dado en llamar Macro-maya, pero en este caso al igual que en el hokano se trata de una hipótesis no demostrada todavía. Muchas de las similitudes que comparten estas lenguas probablemente provienen del continuado contacto lingüístico y cultural que han mantenido desde tiempos muy antiguos, lo que dificulta grandemente el establecimiento de filiaciones genéticas entre ellas.

Nomenclatura nativa

La nomenclatura para las lenguas indígenas de México sigue el uso establecido desde la Colonia, el cual se basa en los nombres que los nahuas aplicaron a los distintos pueblos. Así, por ejemplo, es claro que el zapoteco, el mixteco y el chinanteco (para mencionar sólo los casos más obvios) son complejos lingüísticos compuestos por varias lenguas, sin embargo, continúa utilizándose un solo nombre para todas ellas. Por otra parte, esa nomenclatura representa agrupamientos constituidos en base a criterios históricos, culturales, geográficos y sólo parcialmente lingüísticos, al estilo de Orozco y Berra. Sin embargo, en los últimos años, a iniciativa de sus líderes, los pueblos indígenas comenzaron a reclamar el derecho a que se utilice su propio nombre. Algunos de ellos ya han logrado modificar el nombre que se les ha venido aplicando y cada vez son más los que lo están consiguiendo. Abajo se muestran algunos ejemplos de cambio de nombre que se han consolidado en los últimos años.

Designación
náhuatl           autodesignación
tarahumara   rarámuri
tarasco           purépecha
huasteco        tenek
otomí  hñahñu
mixteco          ñuu savi
mixe    ayuk
tlapaneco       mepha

Es de esperar que la tendencia hacia un mayor respeto a la cultura de los pueblos indígenas se traduzca en un cambio en la nomenclatura en uso hasta ahora para las lenguas indígenas. En la clasificación que aquí se muestra se utiliza la nomenclatura tradicional para evitar confusiones, pero vale la pena llamar la atención del lector acerca de la necesidad de atender la demanda de los pueblos indígenas y tratar de familiarizarnos con sus autodesignaciones, ya que atañen directamente a su identidad.
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Ernesto Díaz Couder Cabral
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.
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como citar este artículo →

Díaz Couder Cabral, Ernesto. (2001). La clasificación de las lenguas indígenas. Ciencias 60, octubre-marzo, 133-140. [En línea]

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