Google+ Followers

domingo, 21 de febrero de 2016

Leonardo da Vinci,John Malam, “Un joven de Vina” en Leonardo Da Vina: el genio que definió el Renacimiento. México, SEP-Altea, 2007.

157. Un joven de Vinci


Leonardo da Vinci nació en una aldea remota de Italia hace más de 500 años. Se conocen muchos detalles sobre su nacimiento gracias a su abuelo, Antonio da Vinci, quien escribió sobre el acontecimiento en un viejo cuaderno. No lo había utilizado durante 16 años y empleó el poco espacio que le quedaba al final de la última página para contar el nacimiento de su nieto.
    Según su abuelo, Leonardo nació en Vinci el 15 de abril de mil cuatrocientos cincuenta y dos. La familia de Leonardo había vivido allí durante, al menos, 200 años antes de que él naciera. Habían adoptado el nombre de la aldea como apellido, una práctica muy común en la Italia de aquel tiempo.
Leonardo Da Vinci estudió para ser artista, pero en su larga trayectoria no pintó más que unos pocos cuadros, dejando muchos inacabados. Sin embargo, uno de ellos, la Mona

Lisa, es uno de los más famosos de la historia. Actualmente, el cuadro puede apreciarse en el museo del Louvre de París. Es una pintura revolucionaria en muchos aspectos. Leonardo utilizó la pose de tres cuartos en su sentido pleno: una mujer aparece retratada desde la cintura, incluidas las manos, y sus ojos miran directamente al espectador, en lugar de hacia la distancia, algo nunca visto hasta entonces.
     Leonardo también tenía otros intereses, como las matemáticas y la ingeniería. Actualmente, se le considera un auténtico genio, pues en sus pinturas y cuadernos de notas podemos descubrir a un hombre único con una gran sed de conocimiento. Un hombre cuyos sueños y descubrimientos lo transportaron al futuro. Un hombre que se adelantó a su tiempo.
       John Malam, “Un joven de Vina” en Leonardo Da Vina: el genio que definió el Renacimiento. México, SEP-Altea, 2007.

Manuelita Pavía de Coronado, “Bombas Yucatecas” en Fantasía yucateca. 100 bombas. México, SEP-Casa Juan Pablo

155. Bombas yucatecas
La bomba es una copla de carácter festivo o de guasa que, además de tener buena rima, demuestra el agudo ingenio de los intérpretes de la jarana. Originalmente servía para halagar a la pareja, pero con el correr del tiempo abarcó diversos temas.
Como se habrán dado cuenta con estos versos se destaca, en el ámbito nacional, el arte popular de Yucatán.
Manuelita Pavía de Coronado, “Bombas Yucatecas” en Fantasía yucateca. 100 bombas. México, SEP-Casa Juan Pablo,
2006.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Caracol José Emilio Pacheco, Álbum de zoología. México, SEP-ERA, 2006.

162. Caracol
Homenaje a Ramón López Velarde
Tú, como todos, eres lo que ocultas. Debajo del palacio tornasolado, flor calcárea del mar o ciudadela que en vano tratamos de fingir con nuestro arte, te escondes indefenso y abandonado.
       Artífice o gusano: caracol para nosotros tus verdugos.
       Ante el océano de las horas alzas
tu castillo de naipes, tu fortaleza erizada.
       Vaso de la tormenta,
recinto de un murmullo que es nuevo siempre.
       Círculo de la noche, eco, marea, tempestad en que la arena se vuelve sangre.
       Sin la coraza de lo que hiciste, el palacio real nacido de tu genio de constructor, eres tan pobre como yo, como cualquiera de nosotros.
       Y tú sin fuerzas puedes levantar una estructura milagrosa, insondable.
       Nunca terminará de resonar en mí lo que preserva y esconde.
       En principio te pareces a los demás: la babosa, el caracol de cementerio.
          Eres frágil como ellos y como todos.
          Tu fuerza reside en el privilegio de tu concha, evidente y recóndita manera de estar aquí en el planeta.
       A vivir y a morir hemos venido.
       Para eso estamos.
       Pasaremos sin dejar huella.
       El caracol es la excepción.
       Que milenaria paciencia irguió su laberinto irisado, la torre horizontal en que la sangre del tiempo pule los laberintos y los convierte en espejos, mares de azogue opaco que eternamente ven la fijeza de su propia cara.
       Esplendor de tinieblas, lumbre en reposo, la superficie es su esqueleto y su entraña.

       Cuando termine su eco perdurará sólo el mar
que está muriendo desde el principio del tiempo.
       Es plenitud su clamoroso silencio.
       Agua que vuelve al agua, arena en la arena, sangre que se hunde en el torrente sanguíneo, circulación de las palabras en el mar del idioma: la materia que te hizo único, pero también afín a nosotros, jamás volverá a unirse, nunca habrá nadie igual que tú, semejante a ti, siempre desconocido en tu soledad pues, como todos, eres lo que ocultas.
José Emilio Pacheco, Álbum de zoología. México, SEP-ERA, 2006.

Cristina Carbó et al., “Una familia numerosa y rica” en 501 maravillas del viejo Nuevo Mundo 1. México, SEP-Hachette Latinoamericana, 1994.

171. Una familia numerosa y rica
Pequeñitas, de 5 a 10 centímetros, o gigantescas como la carroza que le regaló a Cenicienta su hada madrina; amarillas, verdes, anaranjadas, cafecitas rosas, casi blancas, rojas; alargadas, redondas, curvas, achatadas, rectas; de piel lisita y suave, o rugosa y áspera, o con rayas profundas, que les marcan gajos como si fueran mandarinas. Las calabazas pueden ser tan diferentes unas de otras porque pertenecen a una familia numerosa, con más de cien variedades.
Cuenta el cronista Diego de Landa que en América las calabazas se usaban “para comer asadas y cocidas, las pepitas para hacer guisados, y ya secas como recipientes o vasos”.
En efecto, de las calabazas se utiliza todo: pulpa, semillas y cáscara. Con esta última, los niños ahora hacen lámparas el Día de Muertos.
Las calabazas son cucurbitáceas de origen americano y sabor delicioso, entre cuyos parientes están el melón, la sandía y el pepino. En América del Sur tiene otros nombres: zapallitos, las calabacitas tiernas y zapallo la grande. Zapallu es una voz quechua.
Las calabazas son un alimento muy popular en toda América: pueden preparase con crema; rellenas de carne o de queso; en budín o en sopa; en guisado, con alubias y maíz; capeadas; con papas en puré; en dulce, cociéndolas con piloncillo o en trozos; y en muchísimas otras formas, todas exquisitas.
¡Se me hace agua la boca!
Cristina Carbó et al., “Una familia numerosa y rica” en 501 maravillas del viejo Nuevo Mundo 1. México, SEP-Hachette
Latinoamericana, 1994.

Agustín López Munguía Canales, “¿A qué no puedes comer sólo una caja?” en Alimentos. México, SEP-Santillana, 2007.

174. ¿A qué no puedes comer sólo una...caja?
Un parto feliz
La chica le aplicó calor y el calor llegó hasta lo más íntimo de su cuerpo. Un cuerpo en buena medida constituido de almidón con un poco de humedad. Un cuerpo duro rodeado de algo que uno podría llamar cáscara, pero que los que saben llaman pericarpio. Sí, llegó el calor, calentó su agua, se suavizó su almidón y aparecieron más signos de que se avecinaba el parto. Su almidón se hizo masa gelatinosa y su agua empezó a evaporarse, pero sin encontrar una salida por dónde escapar. Sus moléculas de agua, desesperadas por la fuerza que les daba la ininterrumpida llegada de calor, golpearon cada vez con más fuerza la pared (el pericarpio) para escapar de aquel infierno; aquellos instantes se le hicieron eternos. Hasta que al fin, se rompió la cáscara. Y con un gemido que la muchacha escuchó como un ¡pop! Nació volando expandiéndose a sus anchas en el aire que refrescó su recién adquirido cuerpo: había nacido una palomita.
La muchacha atendió al siguiente cliente, mientras más palomitas nacían y se acumulaban en el enorme recipiente en espera de la llegada de la sal y la mantequilla. Se dirigió al siguiente cliente en la fila y repitió la sugerencia que hacía a quien solicitaba el tamaño pequeño: “Por dos pesos más se lleva todo en tamaño grande: refresco, palomitas y le regalo un chocolate”.
Punto y coma
Éste es tan sólo uno de los múltiples ejemplos cotidianos en los que puedes constatar que pareciera existir una fuerza en el universo que nos lleva a comer más. Y así, la insistencia materna de antaño con su: “¡Ándale, hijo, otro poquito de sopa!” se ha transformado en ofertas y estímulos de muy diversa índole en supermercados, expendios de comida rápida, espacios públicos, etcétera.
     La gran diferencia es que, en tanto las mamás ofrecían porciones adicionales de alimento como muestra de afecto y protección o las marchantes ofrecían un pequeño pilón para consentir a su cliente, ahora las ofertas de más comida son a cambio de tener más ganancias y mayor control del mercado de alimentos. ¿A quién le conviene que comamos más? ¿Haremos feliz a la muchacha de la dulcería llevando el tamaño jumbo?

¿Estará preocupada en realidad por complacer nuestro voraz apetito o por favorecer nuestro bolsillo?
     Hoy, a diferencia de hace unas cuantas décadas, ya no existen las versiones pequeñas de los refrescos, y en cambio abundan las ofertas familiares, caguamas y jumbos. De acuerdo con el Programa de Salud del Adulto de la Secretará de Salud, cada mexicano consume al año cuatrocientos refrescos, tres mil seiscientas cincuenta tortillas, cincuenta kilos de azúcar (sobre todo en los refrescos) y seiscientas treinta cervezas.
     El sobrepeso es el más común y costoso problema nutricional del siglo XX, una epidemia que no distingue raza, credo, nacionalidad ni clase social; se ubica entre las primeras causas de mortalidad.
Agustín López Munguía Canales, “¿A qué no puedes comer sólo una caja?” en Alimentos. México, SEP-Santillana, 2007.

“El corazón de Copil” en Nerio Tello (comp.), Antes de América: leyendas de los pueblos originarios. México, SEP-Celistia, 2008.


En el centro del Escudo Nacional de México, un águila, posada en un nopal, lucha con una serpiente.
     Cuentan que el belicoso y fiero Huitzilopochtli, el dios mexica de la guerra, dirigió a su pueblo en su peregrinación hasta el lago donde debían encontrar esa águila. En el camino, una hermana del dios, que había peleado con él, quedó abandonada en una región montañosa y boscosa. Acompañada de sus seguidores, Malinalli logró fundar el reino de Malinalco.
     Malinalli tuvo un hijo, Copil, que creció oyendo cómo la había maltratado su hermano, Huitzilopochtli. En su pecho, día a día, aumentaba el deseo de encontrarse alguna vez con ese dios cruel que era su tío. Pasaban los años y Copil se convirtió en un valiente muchacho de negra cabellera y cuerpo atlético, diestro en todos los lances de la caza y de la guerra. Su corazón ardía en deseos de venganza. Fuerte y resuelto, estaba decidido a cumplir con sus propósitos.
     Un día Copil tomó su arma preferida, la macana, una maza con puntas, y su escudo, el chimalli, y partió en busca de este dios cruel.
     Huitizilopochtli (cuyo nombre significa colibrí zurdo o colibrí siniestro, terrible) era un dios cruel que se complacía en la guerra, la sangre y la muerte.
     Huitzilopochtli era el Sol que cada mañana debía combatir con la Luna y las estrellas, a fin de ganar un nuevo día para los hombres.
     Cuando Copil salió tras sus pasos no imaginaba a quien se enfrentaría.
     El fiero dios de la guerra, lleno de ira, no mandó guerreros al encuentro de Copil, sino a los sacerdotes, a quienes les dio esta orden:
     -Que le saquen el corazón y lo traigan como ofrenda.
     Los sacerdotes deliberaron sobre lo que les convenía hacer y aguardaron la noche. Cuando Copil y sus guerreros dormían, se acercaron a él en silencio y de una cuchillada le extrajeron el corazón.
     Los sacerdotes llegaron con el corazón de Copil en un recipiente y se lo entregaron a Hutzilopochtli, quien ordenó que lo enterraran en un islote que había en medio de un lago.

     Por la noche, los sacerdotes enterraron el corazón en el lugar indicado. Con eso creyeron que la historia de Copil había terminado. Pero al otro día vieron con asombro que en el lugar había brotado una hermosa planta, donde antes había solo rocas desnudas y ramas sin vida. El corazón de Copil se había convertido en el vigoroso nopal de ovaladas hojas y flores encarnadas.
“El corazón de Copil” en Nerio Tello (comp.), Antes de América: leyendas de los pueblos originarios. México,
SEP-Celistia, 2008.

Paola Núñez, “Oaxaca: Noche de Paz, Noche de Rábanos” en México desconocido. Núm. 346. México, 2005.

178. Oaxaca. Noche de Paz, Noche de Rábanos
De las festividades navideñas que se llevan a cabo en Oaxaca, la noche de Rábanos es la que goza de mayor tradición. Se realiza el 23 de diciembre, un día antes de Noche Buena y consiste en crear y exhibir figuras realizadas con rábanos. Esta celebración tiene sus raíces en la época de la conquista española, cuando los frailes dominicos enseñaron a los zapotecos y mixtecos el cultivo de flores y hortalizas, traídas de España. Así se fundó el pueblo de Trinidad de las Huertas o de las Naborías, cuyos habitantes se dedicaron a cultivar flores y hortalizas.
     En aquella época se organizaba en Antequera (así se llamaba entonces lo que hoy es Oaxaca) un día de plaza en la Vigilia de Navidad, el 23 de diciembre, en donde los comerciantes llevaban a vender pescado seco salado y las verduras necesarias para el menú navideño. La gente de Trinidad de las Huertas llevaba sus verduras, con las cuales hacían figuras curiosas para captar la atención de la clientela. Adornaban los rábanos con hojitas de coliflor y florecitas hechas de cebollas tiernas. Todas las verduras se colocan en los puestos de manera artística, sin olvidar los canastos de flores, que eran cultivados con esmero.
     Esta práctica se fue arraigando con los años, hasta llegar al punto en que las amas de casa buscaban las figuras de verduras no para cocinarlas, sino para decorar sus mesas.
     Con el tiempo, los horticultores salieron del mercado para presentar sus ingeniosas creaciones en forma de representaciones navideñas, personas, animales, danzas y otro tipo de artesanías, exposiciones que se realizaban en importantes recintos como la Plaza del Marqués o la Plaza de las Armas, hoy jardín de la Constitución.

     Se tiene registro que la primera exposición de este tipo se realizó en 1897, bajo el mandato del entonces presidente municipal, don Francisco Vasconcelos Flores. Es así como, desde el siglo XIX, año con año se celebra la tradicional Noche de los Rábanos. Los artesanos que participan en ella empiezan a prepararse por lo menos con dos meses de anticipación. Cuando faltan tres días para la festividad, se inicia el proceso de manufactura de cada figura. En la actualidad es un concurso donde se premian los diseños más hermosos y creativos. Se dan cita decenas de hortelanos y millares de curiosos que disfrutan las figuras, que se inspiraron en motivos navideños como el Nacimiento o la llegada de los Reyes Magos, y en las tradiciones oaxaqueñas.
Paola Núñez, “Oaxaca: Noche de Paz, Noche de Rábanos” en México desconocido. Núm. 346. México, 2005.

José Antonio Ramírez Lozano, “Recetas de cocina” en Sopa de sueño y otras recetas de cocina. México, SEP-Océano, 2005.

179. Recetas de cocina
Renglones al roquefort Se toma un cuaderno de hojas rayadas y se le arrancan, por lo menos, los renglones de cinco páginas.
     Se ponen a hervir durante diez minutos con un poco de aceite, y se les quita el agua en un escurridor.
        Quien los prefiera con chorizo, sólo tiene que escribir la palabra chorizo en cada renglón.
        Remover de vez en cuando con un lápiz HB.
José Antonio Ramírez Lozano, “Recetas de cocina” en Sopa de sueño y otras recetas de cocina. México, SEP-Océano, 2005.

La llorona Luis González Obregón, Las calles de México: Leyendas y sucedidos. Porrúa, México, 1997.


194. La llorona




Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México que se recogían en sus casas a la hora de la queda, tocada por las campanas de la primera Catedral; a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados el oír en la calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.
     Las primeras noches, los vecinos contentábanse con persignarse o santiguarse, que aquellos lúgubres gemidos eran, según ellas, de ánima del otro mundo, pero fueron tantos y repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados, quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las oscuras noches o en aquéllas en que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.
     Vestía las mujer traje blanquísimo, y blanco y espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad dormida, cada noche distinta, aunque sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde vuelto el velado rostro hacia el oriente, hincada de rodillas, daba el último angustioso y languidísimo lamento, puesta en pie, continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo, al llegar a orillas del salobre lago, que en este tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sombra se desvanecía.
Luis González Obregón, Las calles de México: Leyendas y sucedidos. Porrúa, México, 1997.

Tomás Iriarte, “El burro flautista’ en José Luis Almeida (selección), Sinfonola de cantares,

193. El burro flautista


Cerca de unos prados
En la flauta el aire
que hay en mi lugar
se hubo de colar,
pasaba un borrico
y sonó la flauta
por casualidad.
por casualidad.
Una flauta en ellos
“¡Oh!, dijo el borrico,
halló que un zagal
¡qué bien sé tocar!
se dejó olvidada
¿Y dirán que es mala
por casualidad.
La música asnal?”
Acercóse a olerla
sin reglas del arte
el dicho animal,
borriquitos hay
y dio un resoplido
que una vez aciertan
por casualidad.
por casualidad.
Tomás Iriarte, “El burro flautista’
en José Luis Almeida (selección), Sinfonola de cantares,

José Emilio Pacheco, Celebración de la palabra: Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco para niños. México, CONACULTA, 2009.

195. ¿Cómo se empezó a contar?


Cuando la gente empezó a contar, seguramente usó las manos. Como la mayoría tiene diez dedos, era lógico contar de diez en diez, y fue así como empezó nuestro sistema moderno (decimal).
¿Por qué usamos las manos?
Los dedos era el medio más accesible de contar para la gente, incluso antes de que los números tuvieran un nombre. Tocar los dedos al contar te ayuda a no perderte y al mostrar los dedos, puedes comunicar cantidades sin usar palabras. La relación entre los dedos y los números es muy antigua, e incluso hoy usamos la palabra en latín (dígito) para referirnos a los números.
¿Qué es la base decimal?
Los matemáticos dicen que contamos en base decimal, es decir, lo hacemos en grupos de diez. No hay una razón matemática para hacerlo, sólo fue un azar biológico. Si existen extraterrestres con sólo ocho dedos, seguramente contarán en base ocho.
¿Los cavernícolas contaban?
Durante la mayor parte de la historia, la gente requería poco los números. Antes de inventar la agricultura, el ser humano vivía de la caza y la recolección. Recolectaba sólo lo que necesitaba y la quedaba poco para comerciar o almacenar, por ello no hacía falta contar las cosas. Sin embargo, quizás hayan tenido un sentido del tiempo al observar el Sol, la Luna y las estrellas.
¿Todos pueden contar?
En algunos lugares, la gente aún vive de la caza y la recolección. La mayoría puede contar, pero algunos no les preocupa. La tribu priaha, en la selva del Amazonas, sólo cuenta hasta dos; lo demás son “muchos”. En Tanzania, la tribu hadza cuenta hasta tres. Ambas viven bien sin los números mayores, que al parecer nunca necesitan.
¿Entonces para qué complicarse?
Si las personas pueden vivir sin los números, ¿por qué empezaron a contar? La razón principal fue evitar trampas. Imagina que hayas pescado diez peces y le pidieras a un amigo que los llevara a tu casa. Si no supieras contar, tu amigo podría robarte alguno sin que te diera cuenta
Algunas culturas antiguas usaban las manos para contar en base cinco.
¿Qué vale la pena contar?
Incluso después de inventar y acostumbrarse a la idea de contar, puede que la gente solamente contara las cosas valiosas. Algunas tribus aún lo hacen. Los yupnos en Papúa- Nueva Guinea cuentan las bolsas de red, las faldas de hierba, los cerdos y el dinero, ¡pero no los días, la gente, las papas, ni las nueces!
Johnny Ball, “¿Cómo se empezó a contar?” en Piensa un número. México, SEP-SM, 2007.
196. La sal
Ya hemos leído por lo menos otro poema de José Emilio Pacheco, que es el autor de lo que vamos a leer hoy.
Si quieres analizar su ser, su función, su utilidad en este mundo, tienes que verla en su conjunto.
La sal
no son los individuos que la componen sino la tribu solidaria.
Sin ella
cada partícula sería como un fragmento de nada, disuelta en algún hoyo negreo impensable.
La sal sale del mar.
Es su espuma petrificada.
Es mar que seca el sol, y al final, ya rendido, ya despojado de su gran fuerza de agua, muere en la playa y se hace piedra en la arena.
La sal es el desierto en donde hubo mar.
Agua y tierra reconciliadas, la materia de nadie.
Por ella sabe el mundo a lo que sabe estar vivo,
José Emilio Pacheco, Celebración de la palabra: Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco para niños. México, CONACULTA, 2009.

Eduardo Galeano, “El murciélago” en Mitos de memoria y fuego. México, SEP-Anaya, 2003.

199. El murciélago
Cuando era el tiempo muy niño todavía, no había en el mundo bicho más feo que el murciélago.
     El murciélago subió al cielo en busca de Dios. Le dijo:
     -Estoy harto de ser horroroso. Dame plumas de colores.
     -No -le dijo Dios.
     -Dame plumas, por favor, que me muero de frío.
     A Dios no le había sobrado ninguna pluma.
     -Cada ave te dará una pluma -decidió.
     Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la verde del papagayo, la tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la roja del penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del martín pescador, la pluma de arcilla del ala del águila y la pluma del sol que arde en el pecho del tucán.
     El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y las nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración. Dicen los pueblos zapotecas que el arcoíris nació del eco de su vuelo.
     La vanidad le hinchó el pecho. Miraba con desdén y comentaba ofendiendo.
     Se reunieron las aves. Juntas volaron hacia Dios.

     -El murciélago se burla de nosotros -se quejaron-. Y además, sentimos frío por las plumas que nos faltan.
     Al día siguiente, cuando el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó súbitamente desnudo. Una lluvia de plumas cayó sobre la tierra.
     Él anda buscándolas todavía. Ciego y feo, enemigo de la luz, vive escondido en las cuevas. Sale a perseguir las plumas perdidas cuando ha caído la noche; y vuela muy veloz, sin detenerse nunca, porque le da vergüenza que lo vean.
Eduardo Galeano, “El murciélago” en Mitos de memoria y fuego. México, SEP-Anaya, 2003.

La invención de los caníbales Federico. Navarrete, México, SEP-Castillo, 2006.

201. La invención de los caníbales
La palabra caníbal fue inventada por Cristóbal Colón en mil cuatrocientos noventa y dos, cuando llegó a América (aunque él pensaba que había llegado a Asia). Mientras recorría varias islas del Mar Caribe, la gente que habitaba en ellas le contó que existían unos hombres que comían la carne de sus semejantes. Al principio Colón pensó que eso era mentira, pero finalmente se convenció de que esos hombres comedores de carne humana sí existían y eran horribles, agresivos y peligrosos.
     Desde entonces, cuando oímos la palabra caníbal pensamos que en verdad los comedores de carne humana son salvajes, temibles e inhumanos.
     Sin embargo, lo que Colón y otros europeos de su época se imaginaron sobre los pueblos que llamaron caníbales tenía más que ver con sus propias ideas, miedos y prejuicios. Las razones que realmente tenían los pueblos americanos para comerse a sus semejantes eran muy diferentes a lo imaginado por los europeos.
     La historia de cómo Colón y los otros europeos del siglo XVI vieron a los caníbales nos enseña que no debemos juzgar a un grupo de hombres que son distintos a nosotros sin antes tratar de comprenderlos, aun si las cosas que hacen nos parecen extrañas e incluso terribles, como comer carne humana. De esta manera es posible comprender que la antropofagia, es decir, la práctica de comer personas, no es precisamente una costumbre salvaje e inhumana. Esto quiere decir que debemos procurar entender las razones que impulsan sus actos y también lo que estos actos significan para ellos. Sólo después de comprender estas razones podemos realmente decidir si lo que hacen es bueno o malo y cómo comportarnos ante ellos.
     Si no actuamos de esta manera corremos el riesgo de repetir el error de los españoles, que condenaron el canibalismo, pero en su lugar impusieron el esclavismo, que era incluso más cruel en ciertos aspectos.
Federico. Navarrete, La invención de los caníbales. México, SEP-Castillo, 2006.

La planta Paulino Gianni Rodari, Cuentos Largos como una sonrisa. Barcelona, La Galera, 2000.

205. La planta Paulino
El campesino Pietro quedó maravillado cuando le nació un niño con cabellos verdes. Pietro había visto gente con el cabello negro, rubio o rojo. Incluso había oído hablar de cierta hada de cabello turquesa, pero nunca había visto cabellos verdes. Las mujeres que iban a ver al niño decían:
-Parece que tiene una ensalada en la cabeza.
El niño fue bautizado. Se llamó Paulino por deseo de su padre. Paulino Ensalada lo llamaron las mujeres. Mandaron llamar a los doctores para que vieran aquellos cabellos. Dijeron que no era nada. Cuando el niño tenía dos años fue con su abuela al prado para pastorear una cabrita. Y ocurrió que, de repente, la cabrita se le acercó y, ante los ojos del abuelo, se zampó todo el cabello en un abrir y cerrar de ojos, dejándole la cabeza pelada.
Así se supo que los cabellos de Paulino no eran tales cabellos, sino hierba, una hermosa hierbecita fresca y blanda que crecía muy deprisa.
-Podrías mantener a una cabra incluso en medio del mar -rió el padre de Paulino.
En primavera, entre la verde hierbecita apareció una hermoso margarita. La gente acudía desde muy lejos para ver al niño al que le crecían margaritas en la cabeza.
Paulino ya era un jovencito y una vez cometió una mala acción. Inmediatamente, en lugar de la hierbecita, le apuntó en la cabeza en mechón de cardos tupidos y espinosos.
Paulino sentía mucha vergüenza de ir por el mundo con aquellos hierbajos que le caían sobre los ojos. Por eso procuró no volver a cometer nunca malas acciones.
Con el paso del tiempo comenzó a crecer una plantita en medio de la hierba. Se dieron cuenta de que era una encina y que, a medida que Paulino envejecía, se iba haciendo cada vez más robusta. A los cincuenta años ya era una hermosa encinita. Paulino no necesitaba un árbol para estar a la sombra en verano. Le bastaba con el que le crecía en la cabeza.
Cuando Paulino cumplió ochenta años, la encina se había hecho tan grande que los pájaros anidaban en ella, los niños trepaban sus ramas, los mendigos que entraban en el patio, para pedir un huevo o un poco de agua reposaban un rato a la sombra de Paulino y no acababan nunca de alabarlo por su bondad. Cuando murió, Paulino fue sepultado de pie, de modo que la planta pudiese continuar viviendo y creciendo al aire libre. Ahora es una encina viejísima y

frondosa a la que llaman la “planta Paulino”. A su alrededor pusieron un banco pintado de verde y allí se sientan las mujeres a tejer, los campesino a comer y a fumar.
Los viejos permanecen allí sentados hasta que oscurece y se ven las brasitas de sus pipas.
Antes de irse a dormir, saludan a su amigo Paulino:
-Buenas noches, Paulino. La verdad es que eres un buen muchacho.
Gianni Rodari, Cuentos Largos como una sonrisa. Barcelona, La Galera, 2000.

El señor de los siete colores México, SEP-EUROMÉXICO, 2006.

203. El señor de los siete colores


Cuentan los que lo vieron, que hace mucho tiempo el arcoíris era un señor muy pobre. Tan pobre que no tenía ni ropa para ponerse.
     Su desnudez le apenaba mucho y decidió un día buscar una solución. Pero no se le ocurría nada y decía: -¿De dónde voy a sacar yo ropa? -y se ponía aún más triste.
Un día brilló en el cielo un gran relámpago, y el señor decidió ir a visitarlo.
-Tal vez él pueda ayudarme.
Así que se puso en camino y, después de varios días de viaje, llegó ante él.
     Mientras le contaba sus penas, el relámpago le miraba con tristeza y parecía estar muy pensativo.
Hasta que habló:
     -Grande es mi poder, pero no tanto como para darle ropa. Sin embargo, tu historia me ha conmovido y por eso te voy a hacer un regalo.
Y siguió hablando:
     -Te voy a dar estos siete colores. Con ellos podrás pintarte el cuerpo y te vestirán para siempre.
El hombre pobre sonrió.
     -Además- siguió el relámpago-, aparecerás ante la gente después de las tempestades y anunciarás la llegada del Sol. La gente te querrá y te mirará con asombro.
     Y así fue como, a partir de ese momento, al arco iris se le llamó el Señor de los Siete Colores.
“El señor de los siete colores” en Ana Garralón (selección y comentarios), Cuentos y leyendas hispanoamericanos. México,
SEP-Larousse, 2007.
Bien, la familia está conformada por el grupo de personas con las que compartimos la casa y nuestra
vida. El poema nos hace pensar en lo valioso de vivir en familia. ¿Cómo es la familia de ustedes?
Francisco Delgado Santos, “Tener una familia” en El mundo que amo: antología de poesía iberoamericana para niños.
México, SEP-EUROMÉXICO, 2006.

Entrada destacada

La llorona Luis González Obregón, Las calles de México: Leyendas y sucedidos. Porrúa, México, 1997.

194. La llorona Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México que se recogían en su...

Entradas populares