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jueves, 19 de junio de 2014

comida y medicina indigena

COCINA INDÍGENA
La costumbre prehispánica era moler y cocinar a la altura del suelo en un hogar o fogón que se forma con tres piedras redondas que se acomodan en círculo, dejando un espacio en el centro para prender ahí la lumbre. Los nahuas lo llamaban tlecuilli, los purépechas paranguas y los zapotecas, yig te (piedra ceniza).

Este tipo de fogón aún subsiste en todo el país. El fogón se improvisa en cualquier parte: en el campo, o bien en un lugar determinado como en el corredor, o en un cuarto especial de la casa que se le destina para cocina. La fogata se hace con leña y se enciende con rajas de ocote (trozos resinosos de los árboles vivos). Los indígenas también emplean como combustible pencas secas de maguey y olotes de las mazorcas de maíz, pero estos últimos nos son muy usuales porque humean demasiado. El fuego se aviva con sopladores, que son abanicos tejidos con tule o palma, o con otros materiales. Por ejemplo, los zapotecos los hacen con plumas de guajolote (pavo).

Los utensilios más comunes en la cocina son el metate y el molcajete labrados en piedra, el comal de barro que se embadurna con agua de cal para evitar que se peguen las tortillas y recipientes de barro de miles de formas y tamaños distintos: ollas de “dos orejas“ (asas), cazuelas, platos, tibores, jarros, cántaros para acarrear agua y grandes tinajas que enterradas en el suelo se utilizan como depósitos de agua potable. A cada uno de los trastes les daban y les dan un uso determinado para evitar la mezcla de sabores; lo mismo hacen con las cucharas de madera.

De los cuencos vegetales se obtienen jícaras redondas y delgadas en las que servían y aún sirven los líquidos; tecomates para guardar la sal y bules de peregrino para el agua. Usan manojos de hojas secas de maíz para envolver los alimentos.

Se sientan en pequeños bancos, generalmente de madera. Los bultos se cargan en objetos de fibras vegetales como chiquihuites y ayates. El tenate tejido de palma es indispensable en Oaxaca para transportar el mandado. También son populares las canastas y los tascales de carrizo. Otro objeto común a todas las indígenas es la servilleta de algodón, indispensable para envolver las tortillas, y en cada región tiene sus características propias.

Con el mestizaje, las indígenas empezaron a cocinar y moler en lo alto. Para eso las propias mujeres idearon unos fogones de lodo que ellas mismas hacen en sus comunidades; entre los tarascos los llaman ticui y los colocan en las “cocinas de humo“ . Son una especie de mesa adosada a un muro, sostenida por dos troncos de árbol enterrados en el piso que generalmente es de tierra. En diferentes niveles forman el hogar, insertan el comal y colocan el metate; así pueden moler de pie.
El mérito de tener callos en las rodillas por moler arrodilladas sobre un petate, ya pasó a la historia; pero la mujer indígena sigue moliendo y en los pueblos se dice que “la que es mujer, hasta en las piernas muele”.
La comida tradicional indígena se enriqueció con la gran cantidad de plantas y animales llegados de otras tierras, como pollos, ganado vacuno, trigo, caña de azúcar, cebolla y arroz. Sin embargo, ningún cereal logró sustituir el maíz, ni ninguna leguminosa se impuso sobre el frijol.
Afortunadamente, a pesar de los muchos cambios, la comida prehispánica sigue presente en la vida y la mesa de todos los mexicanos. En lugares apartados aún gozan del privilegio de conseguir plantas y animales silvestres que ya casi se consumen solamente a nivel local, porque en las ciudades, son delicadezas que resultan un verdadero lujo. Entre estos alimentos especiales se encuentran los cogollos del chayote, de la calabaza y del chipilín; las hojas tiernas de frijol, las flores de la yuca y los cabuches, los jumiles, los gusanos de maguey, los chapulines y los escamoles.





LA MEDICINA INDÍGENA
Creían que las enfermedades estaban íntimamente relacionadas con la religión y que los padecimientos eran castigos justos por las faltas cometidas, por tanto, la salud era un don divino. Para luchar contra las enfermedades y el dolor físico, imploraban a sus dioses por medio de plegarias y sacrificios.
Tenían dioses de la medicina a los que se atribuían facultades portentosas: Citboluntún e Ixchel entre los mayas; y Xipelotépec y Amímitl entre los mexicas, aunque también consideraban dioses patronos de algunas especialidades médicas a algunas deidades; por ejemplo, Quetzalcóatl, Cihuacóatl y Xólotl eran los protectores de la ginecología y la obstetricia.
Además del origen divino que atribuían a las enfermedades, consideraron como causa de ellas a muchos fenómenos físicos como los cambios bruscos de temperatura y humedad, los abusos de los placeres y otros. Por ello, destinaron gran atención para conseguir los remedios para su curación. A la medicina la llamaron Tíciotl, era enseñada por los sacerdotes en los templos, o bien por los médicos que se dedicaban a atender a la población; con ellos se aprendía cuándo una enfermedad podía ser curada con medicinas o con baños, o cuando era necesario recurrir a la cirugía. En el hogar y por tradición, se empleaban muchos remedios para atender a los enfermos de la familia.
Emplearon una gran cantidad de medicamentos, algunos de origen mineral, otros de origen animal, pero sobre todo de las plantas, de las que tuvieron un conocimiento extraordinario, que ha quedado consignado en el Diccionario Botánico Badiano. Para surtir los mercados, los herbolarios recorrían los campos, recolectando las plantas que tuvieran un valor curativo y con ellas se preparaban tomas, gargarismos, buches, cataplasmas y pomadas.
Supieron que algunas enfermedades se transmitían por contagio, a ellas les llamaron cocoliztli; para combatirlas utilizaron cuidados especiales. Los cronistas del siglo XVI recogieron suficiente información de las actividades médicas de la época prehispánica; Sahagún nos dice que los médicos tenían grandes conocimientos de los vegetales, que sabían sangrar, sobar, reducir las luxaciones y las fracturas y curaban las llagas y la gota.
  Los indígenas emplearon una gran cantidad de medicamentos, principalmente de origen    vegetal.
Uno de los trabajos de la medicina que más estimaron fue el de la partera, a la que llamaban Tícitl; era vista con respeto y se le encomendaba con gran confianza el cuidado de la mujer que iba a ser madre, para que llevara a buen fin el embarazo y el alumbramiento.

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