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domingo, 20 de abril de 2014

Felipe Garrido, “¿Por qué hay tantos coyotes?” en Cómo fue que hubo tantos coyotes. México, SEP-Alfaguara, 1996.



Hace mucho tiempo, vivían en un pueblito seis hermanas muy, pero muy lindas. Los domingos iban a la plaza; en las trenzas llevaban listones de seda y se ponían tantito rojo en las mejillas y agua de flores en el cuello y detrás de las orejas. Todos los muchachos se les quedaban viendo.
Nadie andaba tras ellas tanto como Coyote. El muchacho se sentía guapo y siempre andaba molestándolas. Apenas las veía, les salía al paso y ya no se les separaba en toda la tarde. Les echaba flores, las invitaba al cine o a tomar nieve. Y si querían platicar con otros jóvenes, Coyote no se los permitía.
Una noche de feria, cansadas de aguantar a Coyote. Las seis hermanas aprovecharon el borlote para subir a los cielos sin que el muchacho se diera cuenta. El domingo siguiente Coyote no las 
encontró. Las muchachas estaban muy divertidas, viendo desde el cielo cómo daba vueltas en la plaza y, para vacilarlo, lo llamaron.
Volteó Coyote para todas partes y no encontró nada de nada; hasta que ellas volvieron a llamarlo, y entonces el muchacho se dio cuenta de que estaban más allá de los tejados del pueblo, en el cielo. Las vio convertidas en seis estrellas que están siempre muy juntas, como van siempre las muchachas si es que andan vacilando con los muchachos.
Cuando las seis hermanas vieron que coyote se quedaba mirándolas, una de ellas se quitó de las trenzas un listón y lo dejó caer para que colgara hasta la Tierra y el joven pudiera subir.
Allí fue Coyote, agarrado de la cinta, sube que sube. Poco le faltaba para llegar al cielo, cuando una de ellas cortó el listón. Dando vueltas Coyote fue cayendo por el aire, hasta que quedó en los puros huesos. Puros huesos cayeron, y al chocar contra las piedras se desparramaron.
Cuando la abuela de Coyote escuchó el estrépito, salió a ver qué sucedía: en seguida se dio cuenta que eran los huesos de su nieto, así que se puso muy triste y comenzó a recogerlos. Los fue juntando, hasta que los tuvo todos.
Entonces los molió en un metate, y como estaba llorando, sus lágrimas se mezclaron con el polvo de los huesos. Con esa masa la abuela hizo muchas bolitas y las guardo en una olla. Luego la tapó, la dejó sobre las cenizas del brasero y se fue a llorar a su cama.
En la madrugada, la abuela escuchó que alrededor de la casa había muchos coyotes aullando. Corrió a la cocina, destapó la olla y vio que no quedaba ninguna bolita de lágrimas y huesos. En cambio, una manada de coyotes se había dispersado por la tierra.
Por eso, todavía hay coyotes en el mundo. Y dicen, que al alzar la cabeza ven en el cielo a las seis hermanas. Por eso cuando es de noche aúllan los coyotes, dolidos y enamorados.
Felipe Garrido, “¿Por qué hay tantos coyotes?” en Cómo fue que hubo tantos coyotes. México, SEP-Alfaguara, 1996.

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