Google+ Followers

jueves, 24 de abril de 2014

Luis de la Peña (selección), Coplas al viento



De tu boca quiero un beso, de tu camisa un botón, de tus manos un anillo y de tu pecho el corazón.
Dices que no chupas miel porque no eres abejita: la noche en que te besé tenías dulce en la boquita.
Dicen que lo negro es luto, yo digo que no es verdad: porque tus ojos son negros y son mi felicidad.
Tú tienes gripa
yo tengo tos,
con un beso en la boquita
se nos quita a los dos.
Dices que me quieres, dices que me adoras, y a la vuelta de la esquina de cualquiera te enamoras.
Corté la flor de limón y me la quedé mirando: tú me dices que sí, pero no me dices cuando.
Cuando te digan chaparro, chaparro por estatura, recuerda que el perfume caro siempre viene en miniatura.
Ya con ésta me despido con una estrella de oriente: no se les vaya a olvidar lo que tenemos pendiente.



Luis de la Peña (selección), Coplas al viento. México, SEP-CONAFE, 2004.

ombligo enterrado.María Cristina Sacristán, El hipo de Inés.



Antiguamente se creía que las sangrías, sacar sangre del cuerpo cortando una vena o aplicándole unas sanguijuelas -un animalito que parece una babosa-, eran un remedio espléndido para muchas enfermedades. En esos tiempos los barberos, los peluqueros, practicaban esta cura.
-No está enferma -dijo resuelto el médico, que a Inés le pareció el ser más despreciable del mundo-, pero las sangrías siempre aprovechan para la enfermedad venidera, igual que se come para no tener hambre; y más hoy que es Luna llena. Los astros nos favorecen.
Inés fue amarrada a su cama. El barbero le descubrió el brazo y lo metió en agua caliente. Después lo refregó hasta que las venas se hicieron visibles. Cuatro dedos arriba de donde la iba a sangrar, le amarró una correa de piel. Luego pidió que le trajeran de la cocina un poco de sangre de alguna gallina que acabaran de matar y se la untó en el brazo para que las sanguijuelas se pegaran con facilidad, atraídas por el olor. Por medio de un carrizo fue metiendo una a una las que traía en un frasco; entonces comenzaron a chupar la sangre de Inés, quien se cansó de gritar inútilmente porque las sanguijuelas no se desprendieron hasta que, hinchadas, cayeron al suelo.
La escena fue observada por la india vendedora de comales. Acaso fuera la primera vez que veía una sangría porque, intrigada, le preguntó a Pascuala qué estaba sucediendo.
-La niña Inés inventó que tenía hipo porque no le gusta coser por las tardes con sus hermanas -explicó Pascuala-. El médico descubrió el engaño y decidió sangrarla.
-¿No le gusta coser? -interrogó sorprendida la india-, ¿Pues qué no enterraron su ombligo cerca del fogón?
-¿El ombligo? ¿Para qué? -preguntó Pascuala, llena de curiosidad.
-Si el niño nace varón, el ombligo se entrega a los soldados para que lo entierren en el lugar donde se dan las batallas - contestó la india-; así, cuando crezca será aficionado a la guerra. El de la niña se entierra cerca del fogón para que le guste estar en casa y hacer de comer.
María Cristina Sacristán, El hipo de Inés. México, SEP-FCE, 2001. 

LETRA 'VIVA MI DESGRACIA'

Viva mi desgracia pues
ya que no me quieres tu
porque estoy ya decepcionado yo
de todas las mujeres

Cuando yo te conoci
tuve una esperanza en ti
fue tan solo una ilusión de amor
y luego te perdi

En la vida desengaños
no se olvidaran
ni ya nunca mas
se podrá curar el daño
que nos hizo con su mal

Viva mi desgracia pues
ya que no me quieres tu
porque estoy ya decepcionado yo
de todas las mujeres

Cuando yo te conocí
tuve una esperanza en ti
fue tan solo una ilusion de amor
y luego te perdí

No puedo decir que tengo corazón
a ti le lo di con santa devoción

Tus palabras fueron falsas
yo mi vida te entregue

No puedo decir que tengo corazón
a ti te lo di con santa devocion

Viva mi desgracia pues
ya que no me quieres tu
porque estoy ya decepcionado yo
de todas las mujeres

Cuando yo te conoci
tuve una esperanza en ti
fue tan solo una ilusion de amor
y luego te perdí...

refranes Miau, dijo el gato



Miau, dijo el gato

Estos refranes resumen en buena medida las opiniones y sentires populares acerca de los gatos y de los ratones. Estos dichos que han ido rodando al través del tiempo, sintetizan siglos de observación y de trato. Queda en pie la pregunta -y que cada quien la conteste según su experiencia-: entre el gato y el hombre, ¿quién es el domesticado? (Los ratones no.)


No te fíes de cielo estrellado... ni de animal que haga miau.
Gato que no caza,
¿para que lo queremos en casa?
La curiosidad mató al gato.
Ponerle el cascabel al gato.
Entre la mano y el plato se mete el gato.
Estar con un ojo al gato
y otro al garabato. [Aparato que sirve para
colgar
en las cocinas chorizos, jamones, etcétera.]
Tan fácil como quitarle un pelo a un gato.
Cuando el gato está fuera los ratones se divierten.
Ser la misma gata,
Sólo que revolcada.
Tener cara de beato y uñas de gato.
De noche todos los gatos son pardos.
Dar gato por liebre.
No hay que buscarle tres pies al gato, sabiendo que tiene cuatro.
No creas en el perdón del gato para el ratón.
Le comieron la lengua los ratones.
Acogí al ratón en mi agujero y tornóse heredero.


Rafael López Castro y Felipe Garrido (compiladores), Miau, dijo el gato, México, SEP-Solar, 1992.

Linda Gamlin, “Fósiles y cuentos de hadas” en Evolución.



Los fósiles son huellas o restos de seres vivos conservados en rocas y mineralizados.
El hombre ha estado encontrando fósiles al menos durante 30,000 años. Los cazadores de la Época Glacial los convertían en collares y la idea de que los fósiles tenían propiedades mágicas pudo haber comenzado entonces.
Las creencias mágicas sobre los fósiles llegaron a ser comunes en todo el mundo. Los chinos guardaban diminutos peces fosilizados entre sus provisiones para mantener alejadas a las plagas de los insectos llamados pececillos de plata.
El erudito romano Plinio el Viejo escribió que los erizos de mar fosilizados podían curar las mordeduras de serpiente y asegurar el éxito en la batalla. También recopiló algunos “cuentos increíbles” para explicar los orígenes de los fósiles: por ejemplo, se decía que los fósiles de erizos de mar se formaron a partir de bolas de espuma producidas por montones de serpientes entrelazadas.
Otros desarrollaron teorías para explicar los fósiles en general. Una de ellas decía que la lluvia recogía del mar semillas y huevos de seres vivos. Cuando la lluvia caía y se filtraba por las rocas, las semillas y los huevos se convertían en réplicas pétreas de su verdadera naturaleza. Esto fue un intento de explicar por qué tantos fósiles son claramente criaturas marinas.
Una teoría aún más fantástica, popular desde la Edad Media hasta el siglo XVII, decía que la Tierra tenía su propia “fuerza creadora” o vis plastica, y esta fuerza estaba intentando hacer copias de los seres vivos.
Linda Gamlin, “Fósiles y cuentos de hadas” en Evolución. Biblioteca de la ciencia ilustrada. México, SEP-Fernández, 2002.

Bram Stoker, “El brazo de oro” en Cuentos de miedo. México



Había una vez un hombre que recorrió todo el mundo en busca de una esposa. Vio a mujeres jóvenes y viejas, ricas y pobres, hermosas y feas, y no pudo dar con una que lo satisficiera. Finalmente, se encontró con una mujer joven, bella y rica, cuyo brazo derecho era de oro macizo. Se casó con ella, y pensó que no había hombre más afortunado que él. Vivieron felices pero, aunque quería que la gente pensara de otro modo, estaba más orgulloso del brazo dorado de su mujer que del resto de bondades de su esposa.
Con el tiempo, ella murió. El marido se vistió de riguroso luto y exhibió su gesto más compungido durante el funeral; pero, a pesar de todo, se despertó en plena noche, exhumó el cadáver y cortó el brazo dorado. Se apresuró a volver a casa para ocultar el tesoro y pensó que nadie se daría cuenta.
La noche siguiente guardó el brazo de oro bajo la almohada y, justo cuando estaba a punto de dormirse, el fantasma de su mujer se le apareció en la habitación. De pie junto a la cama, corrió el dosel y lo miró con gesto de reproche. Fingiendo que no estaba aterrado, se dirigió al fantasma y le dijo:
-¿Qué les ha pasado a tus mejillas sonrosadas?
-Se han marchitado -respondió el fantasma con una voz lúgubre.
-¿Qué les ha pasado a tus rosados labios?
-Se han marchitado.
-¿Qué le ha pasado a tu dorada melena?
-Se ha marchitado.
-¿Qué le ha pasado a tu dorado brazo?
-¡Tú lo tienes!
Bram Stoker, “El brazo de oro” en Cuentos de miedo. México, SEP-Juventud, 2003.

Entrada destacada

La llorona Luis González Obregón, Las calles de México: Leyendas y sucedidos. Porrúa, México, 1997.

194. La llorona Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México que se recogían en su...

Entradas populares