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jueves, 20 de febrero de 2014

Marita Martínez del Río de Redo, “Sobre piratas”





El solo nombre de “pirata” trae a la memoria imágenes de osados hombres de mar, de pie en la proa de un nave con las velas hinchadas por el viento, navegando en un mar azul zafiro -sus ojos escudriñan el horizonte, buscando a la presa-; y también la de un destartalado barco con el velamen roto y personajes desagradablemente sucios, alguno con un parche en el ojo, otro con una pata de palo, y otro más con un sable entre los dientes y una botella de ron en la mano. Ambas son reales. No en vano estos personajes han inspirado lo mismo magníficos poemas que novelas inolvidables.
En todo caso, las muchas veces lamentables hazañas de los piratas están minuciosamente registradas en archivos, bibliotecas, cartas, relatos, quejas a soberanos, descripciones de ataques, procesos judiciales, rutas, cartas de navegación, y proyectos de defensa de muchos puertos amenazados por estos asaltantes marítimos. Adentrarse en la
enorme información que hay sobre ellos es en sí una maravillosa aventura. Curiosamente, los personajes parecen deslizarse entre líneas, como si quisiesen huir de la historia, de la cual formaron parte importante, casi siempre en páginas mojadas en sangre y agua salada.
Uno de los atributos más conocidos de los piratas era la bandera roja conocida en inglés como Jolly Roger (rojo hermoso). El origen de este nombre es incierto, pero su aparición en el diccionario puede fecharse en 1724. Los corsarios y bucaneros generalmente navegaban bajo el pabellón de su país, pero también izaban una bandera roja para informar a sus víctimas de que no debían oponer resistencia. Supuestamente, esta enseña estaba teñida con sangre, pero a decir verdad era pintura.
Posteriormente esta bandera roja se convirtió en negra, pero conservó el nombre de Jolly Roger o Joli Rouge, en francés. Sobre campo negro, algunas tenían pintadas dos tibias cruzadas y una calavera sobre estos huesos; otras, un esqueleto con un sable en una mano y a veces con una botella de ron en la otra. Los bucaneros solían agregar un jabalí. Por ser este animal un símbolo de libertad para ellos.
Había otras banderas, como lo demuestra la de Cromwell, “el coromuel” [un viento que sopla en el Mar de Cortés, en Baja California], cuyos atributos remiten a alguien que quería pasar por respetable: sobre campo verde, emblemas de justicia, paz y unión, y en el reverso un templo griego y un jinete con el lema Nolle me tangere (“No me toques”). Como dato curioso hay que decir que a pesar de haber dejado huellas tan claras de su paso —sobre todo en los mares bajacalifornianos—, poco se sabe de él, como si hubiera decidido voluntariamente no pasar a la historia.
En nuestros días el Jolly Roger aparece a veces en yates de pesca o de lujo, cuyos dueños muchas veces no tienen idea del terror que la vista y el nombre de este pabellón en otros tiempos despertaban entre quienes surcaban los mares.
Marita Martínez del Río de Redo, “Sobre piratas” en La fuerza y el viento: la piratería en los mares de la Nueva España.
México desconocido, 2006.

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