domingo, 23 de junio de 2013

LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G. parte1



I

Yo, Pepe González, naci el año en que mataron al general Álvaro Obregón; vi la primera luz el día 26 de julio de 1928, en el seno de un bogar católico; mis padres fueron oriundo de las montañas de Santander, España, donde nació mi hermano Antonio, quien fue el único de mis hermanos nacido allá. Debido a mi origen hispánico creo haber heredado el gusto por la lectura y la escritura.
Mis progenitores, Ignacio y Ángeles, ambos apellidados González., por lazos familiares establecidos en México quisieron venir a radicar a esta buena tierra; y sin saber en las que iban a molerse, decidieron llevar a cabo ese proyecto. Sin embargo, primero tuvieron que irse a Francia y radicar allá un tiempo. Mi padre Trabajo de minero para reunir de nuevo suficiente; mientras tanto, nacieron mis hermanas Mercedes e Ivette en Los Pirineos, es decir, las áreas mineras de Francia... Estoy hablando del primer tercio do los años veintes, o sea, cuando Europa se rehacía de la gran masacre que fue la Primera Guerra Mundial, donde murieron tantos seres humanos. Ya con dinero suficiente, mis padres hicieron el viaje y se trasladaron a Torreón, Coahuila, pues era el tiempo de la “Jauja” del algodón y había mucho español en dicha ciudad. Ahí precisamente se estableció mi familia, y con ayuda de nuestros parientes, mi padre abrió una cantina.
Conocí la Muerte Desde muy Niño.
Yo creo que mi destino ha sido el enfrentarme con la muerte desde muy pequeño, pues cierto desgraciado día, cuando mi padre salía de su taberna, le llegaron por atrás y a mansalva lo asesinaron de una puñalada, sin darle tiempo a defenderse. Yo creo que ahí se sembró en mi alma el desprecio por la vida de los demás y mi afán de desquite. Ese drama ocurrió precisamente cuando tenía un año de nacido, o sea que puede decirse que ni siquiera conocí a mi padre. En ese ambiente de privaciones, de carencia absoluta de lo más elemental, se desenvolvieron los primeros años de mi vida. Mi madre, gran conocedora de la cocina española, tuvo que emplearse como cocinera en algunas casas de asistencia o en pensiones públicos, especialmente para españoles, donde se les daba como abonados casa y los tres alimentos. Al no ver mi madre futuro en la provincia para mis hermanos y yo, tomó la decisión de radicar con nosotros en la capital de la República, donde también consiguió trabajo de cocinera. 
Me Rompieron Ia Quijada
Cuando yo tenía ocho años de edad llegamos a  México y al principio mi madre sufrió bastante para colocarse; incapaz también de mantenernos unidos. Carecíamos de lo más indispensable y mis hermanos y yo debimos repartirnos entre varias amistades. O sea que crecí sin un afecto paterno. Mis hermanas se emplearon como sirvientas y mi hermano y yo trabajamos en la panadería “La Única de Guerrero” y luego en la llamada “Campo Florido”, ubicada en la colonia de Los Doctores. Teníamos que madrugar, lo cual es un gran sacrificio cuando no se tiene la costumbre; tener que sufrir el frío de invierno y la escarcha... Pero ni modo, había que vivir. En las panaderías trabajábamos de dependientes, o sea que recibíamos el pan de los tahoneros, lo acomodábamos, repartíamos los canastos para los distribuidores, que se los llevaban en bicicleta y después atendíamos al público. El trabajo nos ocupaba de las cuatro de la mañana á las diez de la noche, en que se cerraba la panadería, con una hora para cada alimento. 0 sea que aquello era tremendo. Por ser el más chamaco de la familia se me tenía la consideración de permitirme asistir a clases en el centro escolar “Benito Juárez”, donde también estudiaron José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Arturo el Negro Durazo (desde esos años ya le aplicaban el apodo del “Negro” por razones Obvias) y otras personas de mucho nombre. Dicho plantel estaba donde hoy se encuentra el Multifamiliar Juárez y con anterioridad el Estadio Nacional. Donde concluí mis estudios elementales fue en la escuela primaria “Manuel López Cotilla”, situada en la Plaza Mira valle de la colonia roma. Para poder asistir a mis clases, el dueño de la panadería, el vasco don Pedro Irigaray, me vendió una bicicleta que me descontaba de mi sueldo; así llegaba rápido a la escuela y de allí al trabajo. Cierta vez este señor, que era un abusivo con toda la barba, me quebró la quijada por una distensión sin importancia, relacionada con mis labores. Desde ese momento, rompí con las panaderías de por vida.
Fui Revendedor
Como primero es ser y luego la manera de ser, me dediqué a la labor de revendedor de boletos, en la ya derruida plaza de toros “El Toreo”, de la Condesa; pero en esa actividad no todo es coser y cantar, sino que había que formarnos desde la noche anterior, comprar los boletos y revenderlos al día siguiente. La cosa era arriesgada pues había que huirle a la policía, porque si te agarraban, te quitaban boletos y dinero; así que a veces era de balde la malpasada. Abordé la reventa para completar mis gastos de estudiante fui bachillerato, cosa que pude hacer debido a que nos cayó, como llovido del cielo, un buen mexicano, el ingeniero José Favela Ramírez, quien se casó con mi hermana mayor Mercedes, que contaba con 15 años de edad; nos llevó a vivir a todos a su casa, excepto a mi hermano, que siguió trabajando en las panaderías. Así pude concluir la secundaria y la preparatoria, habiéndome ayudado con lo que ganaba cuidando carros y trabajando en la plaza de toros. Luego de terminar mi prepa, entré a la Facultad de Comercio y Administración de la Universidad Nacional Autónoma de México, carrera que trunqué porque contrale matrimonio en primeras nupcias. Apenas tenía 18 años cuando nació mi primer hijo “llamado Pepe, igual que yo—, lo que me obligó a buscar un trabajo formal.
También fui Chofer Materialista
En la época en que más desprestigiados estaban los choferes materialistas por atropelladores, busca líos y broncudos, tuve que dedicarme a ese trabajo, pues fue lo primero que encontré y había que vivir. Así duré ocho años y me percaté que mientras más grande el camión, más se pagaba; por eso me especialicé un el manejo de tráileres en la carretera; es ahí donde se endurece el carácter y donde se la tiene uno que rifar con el más valiente a punta de puñetazos. En ese desempeño ocupé diversos puestos, principalmente en la CEIMSA (ahora CONASUPO), a donde llegué incluso a ser jefe de choferes. Con el propósito de mejorar mis ingresos tome cursos de capacitación en la Goodrich Euskadi, donde Aprendí fabricación de llantas y sistemas de vulcanización, y en la Walter Kide, donde me impartieron un curso sobre equipos contra incendios. Después de eso, alguien me propuso hacer rutas para la venta de leche a domicilio, a lo cual la gente no estaba acostumbrada y le tenía desconfianza; prefería ir por ella al expendio o al establo.Para cumplir con este nuevo trabajo conseguí un carro Hudson modelo 1942 que estaba hecho una auténtica carcacha; era una dizque convertible y cuando llovía se le colaba el agua por todos lados; así que llenaba la cajuela con las botellas de leche, pero como el caño estaba dado a la tristeza, en la casa de mi hermana, que vivía en Ciudad Jardín, Tlalpan, diariamente tenía que “hacer talacha”. Cierta vez cambié yo solo el diferencial.
Me Vigilaban insistentemente
En la esquina donde yo reparaba mi vehículo se detenía un ostentosísimo carro Packard. Aunque me sentía observado, no me importaba y seguía dándole a la “talacha”, Una de tantas veces, precisamente cuando yo cambiaba el diferencial de mi carcacha, se baló del Packard el chofer del señorón al que transportaba y me dijo:—Oiga, ahí le hablan. Yo pensé que me querían para algún mandado, y al llegar ante ese personaje, me dijo: —Oye güero, ¿eres mecánico? Le conteste que no, que lo hacía por necesidad. Reviró con: — ¿Cuánto ganas, en qué trabajas? Le respondí, y entonces me preguntó si quería ganar tres veces más, sin tener que ensuciarme ni hacer ese tipo de trabajo. Le dije que sí. De vil papel de estraza, el señorón aquel tenía confeccionado un block que colgaba del asiento delantero; también había un lápiz que colgaba de un hilo. Anotó algo, firmó, me extendió el papel y me dijo que lo fuera a ver al Departamento Central. Firmaba como Ernesto P. Uruchurtu. Hastíese momento, yo ignoraba quién era señor que me había estado observando durante tantas tardes.
Un Cañonazo de 25 000 Pesos
Al otro día, limpiecito, pero de chamarra y pantalón vaquero, fui a verlo a esa dirección, que era nada menos la Regencia de la Ciudad. Yo dudaba que ahí fuera la cita, pero al ver ese papel de estraza, el empleado de la receptoría supo de qué se trataba. Entré al “despachón” del licenciado Uruchurtu, y al verme le dio bastante gusto. Me saludó afectuosamente y luego oprimió un timbre pura llamar al contralor Eduardo Viese, a quien le dijo que iba a hacerme cargo del puesto de supervisor mecánico de la Contraloría General del Departamento Central, para la fiscalización de los Talleres Generales del mismo Departamento. Tan amolado me vio el contralor, que en principio dudó que yo fuera  ocupar ese cargo.—Pinche güero, te ves muy jodido. A ver, que te den 25 000 pesos —de ese tiempo, hagan cuentas—. Quiero que te compres trajes, corbatas, camisas, zapatos y lo que necesites, pues quiero que mañana vengas “de pura línea”. Listo me dijo Uruchurtu, ante su secretario particular, quien me dio, por orden suya, In cantidad mencionada, y agrego: —De todo lo que llagas me vas a tener que dar un informe diario, pues de lo que se trata es que se evite el robo de las refacciones, que las reparaciones estén bien hechas y se agilicen los trabajos, ya que hay muchos vehículos del Departamento inactivos.
De Amolado a funcionario
Puso a mi servicio una camioneta Guayín último modelo(1957), que era con la que me desplazaba a todos huía;. Así sorprendí a todos aquéllos que antes no me bajaban de “mediocre”; fue mi turno de bajar muchos humos y puse a mucha gente en su sitio, abandonándolos en el fango de la envidia. En mi nuevo cargo apliqué todos mis conocimientos de trailero,  mismo que los cursos que había tomado sobre vulcanización y fabricación de llantas. Con base en ello, reestructure todos los talleres del Departamento, incluyendo la instalación de una planta de renovación de llantas, en la que pudieron atenderse hasta trolebuses. Asimismo, obtuve en la Contraloría otros conocimientos y gracias a ello, fui nombrado delegado, contador fiscal, jefe de supervisores, jefe de servicios de la Contraloría y, por último, jefe de la Oficina de Vehículos y Combustibles del propio Departamento.Cuando por causas conocidas el licenciado Uruchurtu dejó el Departamento Central en 1967, y dados los conocimientos generales que yo tenía sobre la Contraloría, por recomendación del general de división don Antonio Nava Castillo se me nombró ayudante personal del general brigadier Renato Víctor Amador, quien fuera director general de Tránsito y, posteriormente, jefe de Policía y Tránsito del Distrito Federal, Además de ocupar el cargo de su ayudante personal —pistolero— fui jefe de un grupo especial... muy especial.
Era un pistolero nato
Para ese trabajito de despachar cristianos al otro mundo, descubrí que había aprendido el manejo de las armas cuando dentro de la controlaría tuve que hacer delicadas Investigaciones, debido a las cuales Uruchurtu incluso tuvo que dar de bala a varios de sus amigos, como por ejemplo a don Pancho López Palafox y a J. Carpió Mendivil, quienes controlaban a todos los pepenadores de la ciudad, con el propósito de vender la basura, uno vez seleccionada, a las industrias, labor que realizaban los propios pepenadores, a los que se les compensaba con cantidades ínfimas. Opinen ustedes: por una tonelada de basura —ya fuera de vidrio, hueso, papel, etcétera— con la que llenaban un camión, les pagaban como 100 pesos de los actuales (1983). Era un verdadero abuso contra esa pobre gente que vive en el lodo y la inmundicia. El precio que pagué por defender al débil fue alto: me propinaron una golpiza en toda forma, tumbándome casi todos los dientes de enfrente. Ese fue el precio de la primera diligencia escabrosa que efectuó contra funcionarios; los de este caso ordenaron a sus pistoleros eliminarme. Los siniestros sujetos me interceptaron cuando crucé en mi auto la calzada de la Viga; a la altura de la colonia 201, se me cerraron e inmediatamente se balaron y me dieron una golpiza despiadada. Me hicieron heridas contundentes con sus armas, me patearon y si no pudieron matarme, fue porque se percataron a tiempo de que una patrulla se aproximaba; así que se dieron a la fuga. Sin embargo, creo que pensaron que ya me habían eliminado. Pero esta humilde persona, todavía tenía que dar mucha lata. Estando todo golpeado y más muerto que vivo, fui reconocido por los patrulleros, pues para esos días ya era yo un funcionario muy popular. Trataron de conducirme al hospital para recuperarme; les agradecí el detalle, pero me opuse, profiriendo que me llevaran a mi casa pensando que los gatilleros que ya me habían dado por difunto se percatarían de que estaba encamado, y quizás presten dieran rematarme. Uruchurtu se enteró de la golpiza que me propinaron, e indignándose por el atentado dispuso que se me dieran las seguridades del caso. Así pues, sobrevino el cese fulminante de ese par de funcionarios que buscaron mi “liquidación” a pesar de la amistad que los había unido al regente. A fin de evitar otra golpiza y para que no me agarraran distraído, con varios compañeros de trabajo, entro ellos el doctor Carlos Ruiz. Salazar, puse un stand de tiro en la calle de Chimalpopoca número 100, donde en ese entonces se encontraba el Batallón Motorizado de la Policía (las patrullas); de esa forma, me inicié en el conocimiento de las armas y las prácticas de tiro. Desgraciadamente, como los pianistas natos que desde el primer contacto con el piano saben para qué nacieron, así yo me percaté que tenía una puntería natural, pues acertaba casi en el momento de desenfundar, casi sin necesidad de apuntar. Mi destreza con el gatillo, o sea mi formación como hombre de armas, no paso desapercibida para muchos políticos; por eso se me nombró ayudante personal (pistolero) del general Renato Vega Amador, con quien además formé un grupo de Investigaciones Especiales de la Jefatura de Policía, encauzado a “resolver” los problemas suscitados por el movimiento estudiantil de 1968. Por supuesto, “actuamos” en la plaza de Tlatelolco, donde la represión del gobierno fue brutalmente violenta y cobró cientos de víctimas.
Formé los “Halcones”
Debido a mi trayectoria como gatillero, se me comisionó para organizar ese grupo de camorristas profesionales conocido como los “Halcones”, Primero fueron 100, pero después se le heredaron al Departamento del Distrito Federal y llegaron a ser 1 000, aunque para ese entonces ya estaban fuera de nuestro control. Los comandaba el coronel Díaz Escobar, quien en esos días era director de los Servicios Generales del DDF, ya que todos los “Halcones” cobraban su sueldo en las nóminas de Limpia, Parques y Jardines. Así pues, llamando a las cosas por su nombre, participé en la matanza de Tlatelolco y con “mi negra” mando a varios sujetos al otro mundo. Participé asimismo en otros enfrentamientos de la época, donde había que tener los pantalones bien fajados porque los problemas eran muy fuertes. Posteriormente, dada mi preparación de gatillero, al ingresar a la Jefatura de Policía el general Renato Vega Amador, se me nombró jefe de Ayudantes del presidente de la Gran Comisión de la H. Cámara de Diputados y responsable de la seguridad de la XLVIII Legislatura de la misma Cámara. Luego fui responsable de la seguridad en la campaña política pura gobernador de Guanajuato, del licenciado Luis H. Ducoing. Al concluir dicha misión, en tanto tomaba posesión de la gubernatura dicho personaje, me nombraron secretario auxiliar del oficial mayor del DDF, el ingeniero Renato Vega Alvarado, hijo del general Vega; y a los cuatro meses, jefe de Ayudantes del gobernador electo del estado de Guanajuato, o sea el licenciado Luis H. Ducoing. El cuatrerismo (abigeato) dejaba muchos billetes a los grupos que lo practicaban, y como dicho delito estaba en todo su apogeo por esos días, me nombraron jefe de la Policía Fiscal Ganadera del estado de Guanajuato. Luego de varios enfrentamientos logré terminar con el problema, habiendo tenido en mi corporación tres difuntos, aunque a las bandas de delincuentes les matamos nueve hombres, logrando también muchos detenidos. Por cierto que en Guanajuato se castiga el abigeato como si fuera homicidio calificado, es decir con 40 años de cárcel; por eso es que se defienden tan bien los “batos”. Igualmente logré interceptar contrabandos de armas en campos de aviación ilegales ubicados en la entidad así como muchos contrabandos de drogas heroicas y alambiques clandestinos. Entre otros delitos también detectamos la falsificación de vinos de la Casa Domecq, con mezcal de panela fabricado en la sierra; esto lo hacía el representante de dicha firma en el estado, asociado con el capitán Vega y otros de menor importancia pero de igual peligro.
II
Reencuentro con el Negro
Al tristemente célebre Arturo “Negro” Durazo Moreno lo volví a encontrar precisamente cuando yo ocupaba el puesto de jefe de Ayudantes del gobernador Luis H. Ducoing, es decir, cuando iniciaba su campaña política por Guanajuato el entonces candidato a la Presidencia de la República, José López Portillo. En las escalinatas de la Universidad de Guanajuato, Ducoing y López Portillo sostuvieron una charla amistosa con los estudiantes El Negro acompañaba al candidato, y éste a su vez se hacía acompañar de un gran amigo y estupendo militar hoy general brigadier por su trayectoria (en ese momento era coronel), Rodolfo Robles Dibella.
Al verme, Durazo me dijo: —Quihubas pinche flaco, qué estás haciendo por este pinche rancho. A lo que le conteste, en el mismo tono: —Y tú, comandante de cagada, qué chingados “andas haciendo por acá”. Y me respondió que por ser muy buen amigo de José López Portillo desde la infancia, el candidato le había encargado su seguridad personal durante la campaña. El Negro añadió que al terminar ese trabajo ocuparía un “hueso” muy importante dentro del próximo gobierno. Al oír esto de inmediato pensé: “Pobre de México, por eso andamos como andamos Me indicó que posiblemente sería director general de Aduanas pero fuera lo que fuera, en cuanto yo supiera su destino por la prensa, sin mayores aclaraciones me presentara con él para trabajar juntos.
Ya mencioné que al Negro Durazo lo conocí desde mis años adolescentes, pero quisiera dar una versión más precisa de cómo era en esos lejanos ayeres.
Retrato de Arturo Durazo
El Negro Durazo era un verdadero gandalla siempre de muy bajo nivel económico y nula formación intelectual. Tenía fama de golpeador, pero ni siquiera a pistolero llegaba. Cuando lo conocí le servía de guardaespaldas a uno de los más grandes hampones que se han dado en México, a quien por diversos delitos se le encarceló junto con Hugo vera en el “Palacio Negro” de Lecumberri. ¿Su nombre? Manolo Prieto. Durazo siempre quiso esconder su incierto origen, por lo que jamás mencionaba el lugar de su nacimiento ni su ascendencia familiar; nunca vivió con su familia ni se le conocieron parientes cercanos. Siempre estaba solo y vivía en una modestísimo vecindad destartalada, encajonada en la cerrada de Antonio Maceo número 43, en Tacubaya, Distrito Federal. Vivía prácticamente en la miseria, corriendo la suerte de los perdonavidas arrabaleros en sitios de “rompe y rasga”. Su ambiente siempre fueron los cabaretuchos y los salones de baile populacheros, donde se preciaba de ser el mejor “descontonero” (el que golpea a traición) del país. Y es cierto, porque no era honesto para pelear; siempre fue lo que popularmente se conoce como “gandalla” es decir, un barbaján. Con él había que estar siempre “a las vivas”, pues aunque aparentemente fuera uno su amigo, en cualquier momento podía agredir en forma cobarde y ventajosa.
De “Saca maloras “a Matasellos
En virtud de esos “atributos”, el señor Manolo Prieto lo tuvo a su servicio durante mucho tiempo y le cobró afecto. Frecuenté al Negro porque antes de que Manolo fuera detenido y procesado por los delitos que había cometido, éste iba al domicilio de su mamá de Manolo Fábregas (Manuel Sánchez Navarro Schiller), o sea de la extinta actriz de origen judío Fanny Schiller. Su hija Virginia y otra joven de nombre Irene (que fue mi cuñada) eran amigas de Manolo Prieto. Yo andaba por ahí, así que me relacioné con el señor y su guardaespaldas. En ese trabajo, el Negro Durazo funcionaba nada más para trabajos sencillos: chofer, mensajero, “saca maloras”, etcétera; o sea que al servicio de Manolo Prieto ejercía labores muy modestas. Posteriormente, ya con Manolo Prieto en la cárcel, me enteré que el Negro había conseguido un trabajo de matasellos en una administración de Correos, colocándose después como empleado modesto en un banco; si mal no recuerdo, fue en el de Comercio. Quizás por esa proximidad que tuvo con el dinero en su juventud, le agarró tanto cariño. Cuando trabajaba en esos menesteres vivía con un gran amigo, Enrique Rúelas Leal, con quien incluso intercambiaba los únicos trajes que ambos poseían; así no iban al trabajo siempre con la misma ropa. Compartían también los sueldos que devengaban por partes iguales. Pero cuando el Negro Durazo se encumbró, con su característico despotismo lo único que le concedió a su “amigo del alma” fue el grado de mayor habilitado, degradándolo al poco tiempo como teniente de la Dirección General de Policía y Tránsito; hasta la fecha el buen amigo Rúelas Leal desempeña ese puesto en la Oficina de Inspección General de Policía. Con el tiempo, el Negro logró ingresar en el engranaje del gobierno como inspector de Tránsito durante la gestión del general Antonio Gómez Velasco, siendo su pareja en dicha función el agente Miguel Armentia, actualmente mayor y segundo comandante de la Brigada de Motociclistas. Más tarde, encontré al Negro en la recién fundada Dirección Federal do Seguridad, dependiente de la Secretaría de Gobernación; ahí fue aceptado por sus “dotes” personajes. Después pasó a servir a muchos funcionarios de la época, hasta llegar a ser agente de la Policía Judicial Federal.
También le hizo al Galán
Ya para entonces tenía ciertas dificultades con los hermanos Arturo y Hugo Izquierdo Ebrard, los famosos asesinos del senador Angulo y reconocidos gatilleros en el mundo del hampa. El Negro se había casado precisamente con la hermana de estos pistoleros y luego la había abandonado. En muchas ocasiones me tocó estar presente cuando varios amigos mutuos lo alertaban: “Ponte buzo caperuzo porque ahí andan los Izquierdo, no te vayan a poner en la madre” Ya para entonces, Durazo andaba con una chica de Chihuahua llamada Silvia Garza. Por cierto que mientras el Negro y varios cuates nos la pasábamos “bebiendo como cosacos” en varios cabarets como Los Globos, El Terrazza Cassino, La Fuente, La Concha y otros más, Silvia Garza lo esperaba afuera en el carro. Durante la parranda alguno a veces le decía; “Oye, por qué no subes a la vieja, no la dejes en el coche de a perro”. A lo cual, el Negro contestaba con su peculiar estilo: “No que, pinche puta, que se chingue la cabrona. Si le conviene que espere, y si no que se vaya a chinear a su perra madre”. Esa señora con el correr del tiempo y para mi total sorpresa resultó ser la respetabilísima Silvia Garza de Durazo, quien de hecho se convirtió en la mandamás dentro de la DGPT del Distrito Federal. Para muestra un botón: durante su “gestión” la señora colocó en puestos muy especiales donde se “recaudaban ilegalmente” grandes cantidades a un sujeto de nombre Isidro Valdés Norato. Hasta antes de trabajar en la policía, las únicas actividades de este señor habían sido regentear cabarets y la trata de blancas en la frontera. Otro dato: su esposa era amiga íntima de Silvia Garza. Pues bien, entre otras cosas, la esposa de Durazo le consiguió a Valdés Norato el puesto de director general de Servicios al Público de la DGPT; esa dependencia abarca las oficinas de Antecedentes Penales, Licencias, Control de Vehículos, Peritos de Revista de Taxis y Camiones, etcétera. De esta enumeración puede deducirse lo que sacaba de dinero ese individuo, a quien por cierto el Negro odiaba. A pesar de todo, Durazo nunca lo pudo perjudicar, aunque ganas no le faltaron. Y esto fue así porque lo protegía la que, ya para entonces, era la patrona de todo.
Sirvió a los Trouyet
Ya como agente de la Policía Judicial Federal, dependiente de la Procuraduría Federal de la República, debido a los contactos que siempre tuvo el Negro con los traficantes de drogas del país, rápidamente ocupó la comandancia de dicha corporación en el aeropuerto internacional de la ciudad de México. En dicho cargo se dedicó a servirle a políticos y connotadas personalidades para introducir grandes contrabandos al país; entre esas personalidades se encontraban los miembros de la familia Trouyet. Así, el afamado magnate don Carlos siempre lo protegió, usando para ello sus influencias y su dinero; le pagaba espléndidamente por sus aptitudes tan “especiales”
Humilló a Fidel y al Che
Antes de cambiarse a la Dirección Federal de Seguridad, Durazo intervino en la detención y “calentada” de Fidel Castro Ruz y Ernesto “Che”; Guevara, a quienes golpeó brutalmente. Este trabajo lo realizó con mucho agrado, pues abusar de los detenidos indefensos era una de sus “especialidades”. Les propinó una felpa a manos llenas en forma salvaje, inhumana y despiadada. En medio de risotadas y como si hubiera hecho una gracia, siempre se jactó de haber vejado a los dos personajes. Decía que les había metido un palo de escoba por el ano. Un día me comentó: “Pinche flaco, hubieras visto, hasta los ojitos se les botaban a los cabrones y la cerilla se les salía por las orejas”. Entre tragos de alcohol y “pericazos” de coca, lo contaba como si hubiera hecho algo digno de aplauso. En una ocasión, cuando ya era titular de Policía y Tránsito e íbamos en pleno vuelo, me dijo que si alguien secuestraba el avión y lo desviaba a Cuba, mejor se cortaba las venas en el trayecto, pues sabía lo que allá le esperaba. Estaba convencido de que tenía una cuenta pendiente con Castro. Me contó que entre las torturas que les hizo al “Che” y a Castro en la cárcel de Sadi Camot de la DFS, estuvieron los toques eléctricos en los testículos con macana electrónica para arriar ganado, así como las famosas “pozoleadas”, que consisten en desvestir por completo al detenido, vendarle los ojos y amarrarlo con firmeza a una tabla, la cual queda en la orilla de una pileta de agua. En dicho recipiente se va introduciendo al individúo, hasta el grado de que está a punto de quedar ahogado o asfixiado por no respirar. De la pileta sacan a la persona, la reviven dándole bebidas fuertes como tequila, mezcal o alcohol de caña, y si al recobrar el conocimiento no se declara culpable, se vuelve a reanudar el procedimiento. Hay casos en que basta que apliquen los toques una vez para causar esterilidad de por vida.
Danzón Dedicado a la “Escritora”
¿Se imaginan al Negro echándose unos quiebres al ritmo de un danzón nada menos que con la “escritora” Margarita López Portillo, cuando ésta era una muchacha? Pues así fue. Sucede que Durazo frecuentó mucho a la familia López Portillo que entonces no era tan connotada como ahora”, al grado que llevaba a bailar a las muchachas Margarita y Alicia a los tugurios que el acostumbraba frecuentar, como El Chamberí, El Pigalle, El Mar y Cell, etcétera. A mí nadie me lo contó, lo vi personalmente, pues también me encantaba bailar. Y por ello asistí a esos lugares. Recuerdo especialmente los clásicos concursos de baile; a los ganadores los premiaban con un cartón de cervezas frías (para el caballero) y unas medias de nylon (para la dama), que eran el último alarido de la moda. El Negro se la “sacaba” en la danza, y ambos, él y doña Margarita, reventando el talonazo llegaron a ganar varias veces los envidiados premios. Alicia también se defendía en la pista y llegaron a dominar los ritmos tropicales de la época, principalmente el danzón “Nereidas”, pues esa melodía nadie se la ganaba al Negro. A Margarita la “escritora”, le fascinaba también la música caliente. Después vino el swing y demás ritmos americanos, pero siempre destacaban con la música tropical de la época: guaracha, rumba, conga, y son; el mambo no, porque llegó muy tarde para nosotros, aunque realmente este ritmo no nos convenció porque no era baile de inspiración. Lo que brillaba era el danzón, en el cual uno ni se movía, la chica era la que debía bailar alrededor del varón; pero eso sí, respetando el ritmo que uno le marcaba. El hermano de estas chicas Margarita y Alicia, o sea José López Portillo, nunca le reclamaba al Negro, ya que éste siempre lo protegía de los problemas en que aquél se metía; el Negro defendía de sus broncas a José y a otro amigo de ambos, Luis Echeverría Alvares, a cambio de que lo dejaran copiar en los exámenes, porque siempre fue muy malo para los estudios. Cómo ya lo hemos dicho, el Negro Durazo fue muy bueno para los mamporros al estilo “descontón” y un pésimo estudiante.
“La Casita” de Durazo
Por esos lejanos años, el Negro comenzó a construir su “modesta casita” del kilómetro 23.5 de la carretera México Cuernavaca, en donde adquirió, por conducto de sus amistades influyentes, 10 000 metros cuadrados en el predio de un cerro, retirado a más de 1 000 metros de la carretera, donde había que entrar por una brecha. De esto me enteré porque el Negro, sabiendo que yo era amigo de Tony Nava, hijo del general Nava Castillo, quien era jefe de la oficina que concedía las autorizaciones para las tomas de agua en el Distrito Federal (era la regencia del general Alfonso Corona del Rosal), aprovechando esta situación me dijo: Oye pinche flaco, tráete a ese Tony porque quiero construir unos cuartitos, y aquí el agua está de la chingada para conseguirla. Voy a traer buen vino, “coquita” de la buena, putitas, y a ver si lo convencemos para que me autorice mi tomita de agua. Luego de una pequeña orgía a campo abierto, con todo lo prometido y teniendo a nuestros pies la hermosa ciudad de México, el Negro logró su propósito. En mi vida me imaginé que esa “pequeña propiedad” pudiera, el día de mañana, estar ocupada por instalaciones que costarían más de diez millones de pesos. Para el Negro, ese momento fue clave, pues se le fijó el capricho de construir ahí un castillo, cosa que logró, como es público y notorio, pero sin medir las bajezas ni las miserias humanas de las que tuvo que valerse para llevar a cabo “sus planes”. Logró lo que se propuso ¿pero a qué costo? Al precio de la ignominia y la degradación de cientos de hombres que estuvieron a su mando.
III
Acudí a la Cita con el Negro
Recordando la promesa que el negro me hizo en Guanajuato ante un testigo de calidad como el general Rodolfo Robles Dibella, en cuanto me enteré de su designación como director de Policía y Tránsito del Distrito Federal, inmediatamente renuncié a mí cargo de jefe de la Policía Fiscal Ganadera del estado de Guanajuato y me trasladé a la ciudad de México para presentarme ante él. Pero, con gran sorpresa de mi parte, al llegar a la ayudantía de su despacho me topé con más de 50 sujetos que no conocía y quienes impedían hasta el paso del aire. Así que no pude entrevistarme con el Negro ese día ni los 15 siguientes. Posteriormente logre ver a uno de sus ayudantes principales, de apellido Sicaldi, al que conocía por haber sido agente de la Policía Judicial Federal; él me dijo:—Mira pinche Pepe, mi general Durazo me comunicó que te vayas a ver al arquitecto Rossell de la Lama que fue nombrado secretario de Turismo, para que le formes su equipo de seguridad. Como tenía la imperiosa urgencia de trabajar, y además ya había colocado a varios de mis compañeros con ese funcionario, no me quedó más remedio que ir a verlo. Dada mi fama de buen gatillero, el arquitecto Rossell me aceptó de inmediato como jefe de ayudantes, cargo que ocupé de diciembre de 1976 hasta noviembre de 1977; fue entonces cuando un gran amigo que en ese momento influía bastante en las decisiones del Negro, el teniente coronel Francisco Sánchez Torres, me habló de la conveniencia de integrarme al equipo de Durazo Moreno, a lo que accedí con buena disposición, sobre todo porque consideraba que el Negro era mi “cuate”, y creía poderme identificar con él plenamente. Sin embargo, me esperaba otra sorpresa. El día que fui a verlo con el propósito de reingresar a la Policía del Distrito Federal, el Negro se me quedó mirando despectivamente, y dirigiéndose a su secretario particular, el coronel Cabrera, le comentó:
Oye, pues creo que a este pinche flaco sí lo conozco. Es cabrón. Mándalo a la Oficina de Inspección General. Y así fui integrado a esa dependencia con mi antiguo grado de capitán, Pero esto sólo duró hasta el 29 de agosto de 1978, cuando Durazo tuvo grandes dificultades internas, principalmente con un coronel de la Policía apellidado Corona Morales; resulta que por “puntada” el Negro ascendió a este hombre al grado de general, junto con el también coronel Mena Hurtado, sólo que esas plazas no existían en la nómina presupuestal de la Dirección de Policía y Tránsito; por ese motivo se vio obligado a degradarlo nuevamente a coronel.
El  Miedo no Anda en Burro
El problema consistía en que Corona Morales, policía de carrera, hombre íntegro y con mucha vergüenza profesional cosa de la que no me cabe duda—, se negó a aceptar la degradación por considerarla una auténtica burla. Entonces el Negro, con su acostumbrada y arbitraria Forma de ser, trató de mandar con cajas destempladas al coronel, sin pensar que éste, dadas sus atributos de hombre con suficiente dignidad y valentía, le respondería debidamente, llegando incluso a sacar la pistola y amagarlo en su propio despacho, sin que nadie de los que rodeaba al Negro hubiera tenido, el valor de impedírselo. El asunto le produjo un tremendo pavor al Negro y recuerde que alguien comentó: “El miedo no anda en burro”. Este fue motivo más que suficiente para que, al enterarse rancho Sahagún Baca del amague con tamaño pistolón, le comentara a Durazo: —Patrón —porque así le decía—, pa” qué se expone usted. Aquí hay un cabrón huevudo que usted conoce muy bien, y que nunca permitirá que ningún hijo de su chingada madre se atreva a amenazarlo, por muy chingón que se crea. Me refiero a Pepe González, al que usted mandó a la Oficina de Inspección General. En ese momento, fui llamado al despacho del Negro, quien me dijo: —A partir de esta fecha te quedas aquí conmigo, cabrón, como mi ayudante personal, jefe de mí seguridad y la de mi familia, porque esta bola de putos no sirven más que para chingadas madres. De ahí en adelante no me volví a separar del Negro ni un solo minuto. Desde las seis de la mañana, en que yo llegaba a esperarlo a su domicilio del kilómetro 23.5, hasta que se acostaba nuevamente, cuidaba con verdadero celo sus espaldas. Fue así como me enteré de todo y viví el extremo grado de corrupción, prepotencia, despilfarro y podredumbre humana que imperaba en su medio, y que a continuación tratare de dar a conocer. Haciendo cálculos muy conservadores y por primeras providencias, pude apreciar que su despacho, privado y cometer de la DGPT, tenían un costo muy superior a los 20 millones de pesos, entre muebles, alfombras, adernos superfluos y demás. Todo lo cual no estaba de acuerdo con el vetusto y deteriorado edificio, a punto de derribarse, con que cuenta dicha dependencia gubernamental.
Cuestión de Grados
Otro de los aspectos que me permitió conocer un cambio radical que se había operado en el Negro fue el trato que daba a sus inferiores; hacía tal ostentación de su cargo que denotaba una total falta de proporción con la realidad, pues ya se consideraba una especie de semidiós o “príncipe heredero”. Esto de momento me sorprendió, pues yo lo conocí cuando andaba “amoladón” o sea que tenía una imagen del Negro totalmente distinta y errónea, como pude comprobar al tratarlo de nuevo. Algo parecido me sucedió con el señor Presidente López Portillo, a quien yo consideraba una persona vertical y honesta; pero cuál no sería mi sorpresa cuando en los primeros días de mi función, me tocó acompañar al Negro a Los Pinos sin previa cita, nomás porque tuvo la ocurrencia de irle a pasar un chisme a López Portillo; comprobé entonces con cuánta facilidad llegaba hasta el Primer Mandatario sin ningún protocolo ni nada que se le pareciera; esa vez le dijo:—Señor, discúlpeme que le caiga así de golpe (en público le hablaba de usted, y en privado de Pepe).López Portillo le contestó:—Pinche Negro, no seas payaso hijo de tu pinche madre. Ya te dije, y te lo reitero, que ésta es tu casa a la hora en que se te pegue tu rechingada gana. Claro que mientras dure este sexenio; no vayas a venir después, porque te andarán rompiendo la madre. Festejaron ambos la “puntada” con grandes risotadas, y como yo apenas estaba enchanchándome, no me enteré bien de qué se trataba el “chisme” que le llevaba el Negro.
Ese poder que inexplicablemente y en mal momento López Portillo le dio al Negro Durazo, llegó a grados tales como lo que narro a continuación: Estaban un día en el monumento a la Independencia con motivo de un acto oficial, y a fin de quedar bien con el Negro, Francisco Sahagún Baca, en un gesto muy de su estilo, le dio al Negro la siguiente noticia:—Patrón, el señor Presidente le nombró a usted general de división. Así que le quitó las insignias de general de la policía, que consisten en dos estrellas rodeadas de laureles doradas, y le colocó las del Ejército Nacional, que son tres estrellas y un águila de plata y oro, respectivamente; éstas sólo pueden ser usadas por los generales de carrera del Ejército. Prepotente, engreído y presuntuoso, Arturo Durazo las aceptó con mucho agrado y con ello dio motivo para que en dicho acto, el general de división diplomado del Estado Mayor, Félix Galván López, se le arrimara discretamente y le dijera: —Señor director, a mí se me hace que el señor Presidente se equivocó con usted.
En ese preciso momento llegaba López Portillo descendiendo de su vehículo, y el Negro, ni tardo ni perezoso, tomando fuertemente del brazo al general Galván López y jalándolo en forma enérgica, le dijo: —Pues fíjese mi general, que yo pienso exactamente lo mismo, pero a mí se me hace que con quien se equivocó el señor Presidente fue con usted. Pero para salir de dudas, ahorita mismo se lo preguntamos. Ante esa situación, entre bochornosa y absurda, el general Galván López se desprendió ridículamente del Negro y evitó aproximarse a López Portillo. Entonces Durazo tomó del brazo al Presidente, se subió al presídium y se sentó atrás de él. A pesar de la importancia que revestía el acto, ahí mismo le comunicó a López Portillo el incidente. Al concluir la ceremonia, el Primer Mandatario ya no se despidió del secretario de la Defensa Nacional, Félix Galván López.

2 comentarios:

  1. Alguen sabe que sucedio con el autor de este libro? pues he buscado informacion en internet y no he encontrado nada

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  2. Pues yo tuve la oportunidad de tratarlo y conocerlo cuando era jefe de guardias del Lic DUCOING cuando fue gobernado de Guanajuato y les puedo decir que era muy buena persona. Por la fecha de nacimiento es posible que ya haya fallecido, pero les puedo decir que yo lo estimaba y admiraba. Muy buena persona!!

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